La cena
—Debe haber algún error —dijo Marvin en el teléfono—, yo no compré ningún número de ninguna rifa.
Después de intentar explicarle a la implacable señorita marketinera que el afortunado ganador no podía ser él, escucha resignado los detalles de su premio: una cena con todo incluído a que se hizo acreedor él y toda su familia.
—¿Qué piensa de esto señor Marvin? —interroga la decidida marketinera. Leer más »
Asesinos
Ser asesino en serie en un país de tercer mundo tiene sus claras ventajas. De eso nos aprovechamos con el Paul cuando desaparecimos a aquella mosquita muerta igualada. Esa fue la primera vez. David —me dijo Paul temblando aquella tarde—, qué bien se siente todo esto, tenemos que repetirlo. Tenía las manos llenas de sangre y una sonrisa estúpida que nunca le había visto. El cuerpo de la Mary estaba en el suelo; ella todavía con los ojos abiertos y el grito en la boca. Sí, le contesté, esto apenas empieza.
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Cecilia
Por mucho, la mujer más fascinante que conocí en la vida fue Cecilia. La combinación perfecta de belleza e inteligencia. Era cinco años menor que yo pero parecía que hubiera vivido cinco vidas, porque hablaba fácilmente de literatura y de arte, dominaba cuatro idiomas, y guardaba una equilibrada opinión política. En su adolescencia estuvo en el equipo nacional de gimnasia. Era extraordinario ver a una mujer tan bella y grácil hablar con propiedad sobre cualquier tema. Y todo esto sin dejar de tener una vida sentimental aventurera, a veces dramática. De eso puedo dar testimonio porque la conocí una noche en un bar, cuando seducía a un tipo que más bien parecía narco.
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El celular
Son las siete de la mañana del domingo y Gustavo ya está listo para ir a la iglesia. Sus dos hermanas y sus papás corren por toda la casa buscando ropa, zapatos, lociones, bolsas, peines y celulares. Luego de algunos minutos, el siguiente en estar listo es su papá. Ambos se sientan en el sofá de la sala y sonríen cómplices al ver a la hija grande, que se ha puesto un zapato de uno y otro de otro. En un instante el padre mira a Gustavo y lo siente extraño, hoy no regaña a sus hermanas por la tardanza, no se muestra ansioso y tiene un semblante tranquilo. Recuerda entonces el porqué.
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Una tarde en el parque
En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.
—¿Vos te volverías a casar conmigo?
—Mmm, creo que no —responde seria la mujer, después de meditar durante algunos segundos la pregunta.
—Yo tampoco —dice el marido.
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A final de mes
El contable Víctor Valdez acaba de recibir su pago de fin de mes. No puede creer que hayan tantos descuentos. Mira una y otra vez el detalle y vuelve a hacer la suma con su calculadora, pero no encuentra errores. Saca de la gaveta de su escritorio el detalle de cobro de la tarjeta de crédito y hace cuentas en una hoja de excel. Ingresa datos, hace sumas totales y mira la triste realidad: otro mes que pagará el mínimo en la tarjeta de crédito. Una creciente desesperación lo envuelve y somata su escritorio con un puño.
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La fe mueve montañas
En el carrusel del parque Xetulul Amelia da vueltas junto a su padre. Es una tarde soleada y agradable, ya casi dan las cinco y la gente empieza a salir del parque para regresar a su casa o al hotel. El parque está lleno pero para Amelia sólo existe el carrusel, papá y el vals que suena de fondo. Montada en un caballito ríe con toda la despreocupación de sus cinco años y una infancia segura. Dieciséis años después, en ese mismo carrusel ya deteriorado y con poca gente, ella escucharía con gran llanto ese vals, y recordaría aquella tarde.
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En la juguetería
Pablito acaba de cumplir seis años y su papá prometió comprarle un Transformer. Hoy es el día y juntos van a la juguetería a ver qué pueden encontrar a buen precio. Cuando Pablito entra a la tienda, sus grandes ojos negros buscan los estantes en donde están los Tansformers. Pablito sonríe, sabe que no le comprarán el autobot más caro, pero verlo en la tienda es gratis. Empieza a imaginar cómo será en la noche, cuando los juguetes cobran vida.
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La cita
Gloria está enamorada. Gilberto es un hombre muy agradable, inteligente, diez años mayor que ella y en buena posición económica. Un buen partido. No es muy alto ni muy atractivo, pero lo compensa con su buena disposición romántica. El marido de Gloria no sabe nada. Ella todas las tardes se conecta por horas al chat para hablar con Gilberto. Aún no se conocen en persona, a pesar de la insistencia de él. Pero todo le dice a Gloria que él es el indicado para vivir ese sueño romántico que con su marido no tiene ni tendrá.
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Un quetzal
A punto de oscurecer, sobre la calle que queda enfrente de la estación de buses, una muchacha vestida con un gabán negro, drogada y despeinada, pide un quetzal a todo el que pase cerca de ella. Algunos le dan el quetzal, otros caminan más rápido al pasar cerca de ella o simplemente se hacen a un lado. Ella camina con la mirada perdida, sin convicción. Sólo quiere conseguir unos cuantos quetzales para comer y comprar más pegamento.
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