Una tarde en el parque

Por José Joaquín López

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

—¿Vos te volverías a casar conmigo?

—Mmm, creo que no —responde seria la mujer, después de meditar durante algunos segundos la pregunta.

—Yo tampoco —dice el marido.

Los dos sonríen después del breve diálogo. Se acerca uno de los niños a la banca y agitado les dice que necesita agua. La mujer saca un recipiente con agua y le da de beber. El niño vuelve a los columpios.

—Tal vez si viviéramos juntos por un tiempo antes de casarnos —dice ella.

—Sí, así tal vez sí.

En el parque hay una buena cantidad de gente. Niños y adolescentes jugando, algunos adultos también. Unos jóvenes están jugando un partido de fútbol en la cancha grande. Unas muchachas juegan basquetbol. El marido propone a los niños jugar fútbol mostrándoles una pelota plástica.

La mujer los mira con cariño, se siente bien. En la semana que acaba de pasar, su jefe le prometió un aumento. Su hermana le anunció que espera a su segundo hijo. De su bolsa saca un libro cristiano de autoayuda que le recomendaron en la iglesia. Un viento suave levanta algunos de sus cabellos. Cruza la pierna y lee, sosteniendo el libro con su mano derecha.

El marido juega fútbol con los niños y cae al césped en una jugada. Los niños se abalanzan sobre él y ríen y le hacen cosquillas. La mujer los observa y sonríe también. En un fugaz momento, marido y mujer se miran fijamente.

Durante la semana al marido no le fue bien. La empresa en donde trabaja no consigue muchos contratos, y posiblemente lo despidan en un par de meses. Ya han despedido a algunos de sus compañeros. En un mercado laboral lleno de jóvenes universitarios baratos, piensa mientras patea la pelota, no hay oportunidades.

Una hora después de iniciar el juego el marido ya está cansado. Los niños quieren seguir jugando, pero él les advierte que ya no puede. Sofocado, se acerca para sentarse en la banca en la que su mujer sostiene todavía el libro de autoayuda.

—Al principio, cuando empezamos a vivir juntos, pensé que no duraríamos mucho —dice el marido, aún sofocado.

—Yo también pensé lo mismo. Casi me fui de la casa cuando vos andabas con aquella tipa salvadoreña.

—Sí, yo pensé que lo harías, yo la verdad no la quería.

La tarde soleada pega de lleno en los autos que están estacionados alrededor del parque. Uno de ellos lanza un destello que pega por un momento en el rostro de la mujer. El marido la mira detenidamente, es como si ella se transfigurara. Los niños regresan por un momento a donde están sus padres para pedir agua. Luego se retiran a seguir jugando.

—Durante los primeros dos años —dice la mujer, suspirando—, pensé en que nos habíamos apurado a casarnos. Nunca estuvimos realmente enamorados siendo novios. Éramos novios por despecho, creo que los dos esperábamos ser rescatados el día de la boda.

—No Marcia, yo no esperaba ser rescatado. Es cierto, no estábamos enamorados, pero los dos ya teníamos más de 30 y el tiempo pasa…

—En días como hoy, pienso que nos hemos llegado a querer.

—Sí, no es como estar locamente enamorados, pero algo hay. ¿Es raro no? Ver todas esas películas románticas y vernos a nosotros, unidos al principio sólo por no quedarnos solos.

—Igual, después de 8 años juntos, algo tuvo que haber funcionado bien. Vos sos un buen hombre y has sido trabajador y buen padre. Sólo te ponés pesado cuando te agarra la chiripiorca y no querés hablar con nadie. O cuando te metés con guanacas de mala vida.

—Ja. ¿Y qué me decís cuando vos te enojás por todo? Yo a veces me acomido y limpio la cocina, pero vos lo único que ves es la olla mal puesta. Todo nítido, pero vos sólo ves la olla. Y hay que ver cómo te ponés de coqueta con el pastor Pablo, toda cusca te ponés, no creás que no me doy cuenta.

—¿Pensás a veces en la Paula?

—A veces, pero ya no es lo mismo. La vi hace tres meses en la calle. No sentí nada, yo mismo me sorprendí.

La tarde muestra unos celajes anaranjados, y empieza a oscurecer. El clima se pone un poco más fresco y la gente empieza a abandonar el parque. Los niños ahora están entretenidos en los columpios y no parece que se quieran ir. Una pareja de novios adolescentes se esconde detrás de unos arbustos para besarse y tocarse a placer. El matrimonio los mira un poco con envidia.

—Y vos, ¿pensás en el Fabio?

—Siempre me llamaba para mi cumpleaños, o mandaba un email, hasta hace como cuatro años. Yo nunca respondí, ya sabía que sólo quería saber si había oportunidad de un acostón. Así siempre fue él.

—Pero, ¿pensás en él?

—A veces lo recuerdo, sí. Pero no sé, no es igual.

La noche por fin está a punto de caer, y la pareja decide regresar a casa. Llaman a los niños, les ponen suéter y pasan por una tienda a comprar gaseosas. La familia camina despacio hacia la casa y después de refrescarse con las gaseosas, ven una película en el cable durante la cena. Después de la cena y un baño, los niños dicen buenas noches y se van a dormir. El matrimonio recoge los vasos y platos y los lavan juntos.

—Tal vez al fin y al cabo, nos enamoramos o algo parecido. Nunca habíamos hablado así, sinceramente y sin pelear, ¿te das cuenta? —dice la mujer.

—Sí, tal vez. Ese botón de tu blusa me hace pensar que sí —responde el marido, atisbando los pechos de la mujer. Ella medio sonríe, pero después se pone seria.

—Vos nunca podés decir algo en serio, Víctor. Me caés mal. Así nunca llegaremos a algo.

—A lo único que quiero llegar hoy es a la cama y no a dormir —replica el marido—. Si tengo que decir que te quiero, lo digo y ya.

La mujer esboza una leve sonrisa. Termina de enjuagar el plato que tiene en las manos, se las seca, y toma a su marido de la mano. Los dos se enfilan al dormitorio. Él pide no apagar las luces.


Categoría(s): Amor

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