Una rosa amarilla

Por José Joaquín López

Se me antojó una cerveza y bajé a comprarla a la tienda. Era una noche templada, con viento fresco. Estaba tranquilo el ambiente. El muchacho de la tienda estaba contento, ayer había nacido su hijo. Me quedé ahí a tomarme la cerveza. La vecina del apartamento de arriba bajó y llegó a la tienda. Vestía unos shorts que le quedaban lindos. De repente se oyó un ruido como un choque o explosión y salimos, temerosos, a ver qué pasaba. El vecino del apartamento del séptimo nivel se había tirado de la azotea del edificio.

Mario, el vecino suicida, era un tipo depresivo. Pasaba meses sin casi salir de su apartamento. Trabajaba desde su apartamento como informático en internet, así que su aislamiento se hacía peor. El tipo parecía odiar a todo el mundo; cada gesto amable que intenté con él fue recibido como si fuera una agresión. Por alguna razón yo no llegué a odiarlo ni a compadecerlo, era un tipo enfermo que probablemente no tenía cura.

No me sorprendió que se tirara, pero sí que sobreviviera. Cuando llegamos con la vecina hasta donde había caído lo vimos quejarse, pero respiraba normal y por el dolor se desmayó instantes después. Tenía una fractura expuesta de tibia y peroné en la pierna izquierda. También se había quebrado la mano derecha. Pero estaba vivo, muy a su pesar. Se lo llevó una ambulancia y ya nunca regresó al edificio. Una mujer llegó a sacar sus cosas con un camión de mudanzas una semana después.

Con la vecina de los shorts bonitos nos quedamos platicando en la tienda. También se alegró ella de que el joven tendero fuera padre. Dalma se llamaba. Era una mujer de unos treinta años, pelo negro largo y piernas bonitas. Solía usar sandalias para mostrar unos pies bien cuidados.

—Gente que nace y gente que se quiere morir —dijo Dalma, de repente.

—Yo siento pena por el hombre. No se pudo morir, estará sufriendo —respondí—. La vida le volvió a jugar mal.

—Tampoco fue muy listo que digamos, no eligió un método a prueba de fallas. Yo hubiera llevado un arreglo con rosas amarillas a la funeraria.

—¿Por qué rosas amarillas?

—Sólo porque me gustan.

El tendero y recién estrenado padre sólo escuchaba. Aparte de la sorpresa del evento a él lo único que le importaba y lo que lo tenía contento era su hijo, que había pesado siete libras y media y se parecía a él. Salimos de la tienda. Le dije a Dalma que nada mejor que el sexo para olvidar a la muerte y ella estuvo de acuerdo. En lo que no estuvo de acuerdo fue en que el sexo fuera entre nosotros, para mi mala suerte.

Cuando regresamos al edificio, subí al apartamento del suicida. Su puerta estaba abierta, no sé si la dejó así o alguien entró. No pude soportar la curiosidad y entré. Estaba desordenado todo, pero no estaba sucio. No había ninguna nota de suicidio, ni alcohol, ni drogas. Su laptop estaba apagada, me senté en un sillón de la sala y la encendí.

Llevaba una especie de diario en un documento de Word que tenía en el escritorio de la laptop. Relataba que escuchaba voces, y que por momentos parecía vivir una realidad alterna. La medicación no funcionaba, la esquizofrenia estaba ganando la batalla. En una página aparecí yo, como el único imbécil que intentaba ser amable. Escribía con impecable ortografía y buena redacción, pero no era especialmente interesante para leer, salvo algunos detalles de las voces, como que no las escuchaba con el oído sino las percibía dentro de su cabeza, pero aún así eran muy claras.

Cuando ya me estaba aburriendo del diario del suicida, encontré una mención a Dalma. Cuando ella se pasó a vivir al edificio le regaló un jarrón para que pusiera flores y él lo había considerado un gesto noble de su parte. El jarrón estaba sobre la mesa del comedor, que estaba limpia y sin nada más. Había en el jarrón tres rosas amarillas. Tomé una, salí del apartamento, la dejé frente a la puerta de Dalma y me fui a dormir.


Categoría(s): Breves, Gente

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