Una nueva oportunidad

Por José Joaquín López

Es de madrugada y en la garita de vigilancia de la colonia cabecea del sueño el policía privado de turno.  El muchacho es mayor de edad, pero parece un adolescente puberto al que con un grito podés espantar sin mayor problema.  Su compañero duerme tranquilo, después de haber hecho el primer turno de la noche.  Como es día lunes, todos los vecinos ya regresaron de sus actividades y no hay movimiento.  El vigilante cara de puberto observa aburrido las calles vacías de la colonia, el sueño lo está venciendo y al fin cede, y sueña con ser el tipo del 4-51 que anda sólo en buenos carros, arma grandes fiestas y trae todos los fines de semana a una mujer diferente.

Algunos piensan que el hombre del 4-51 es narcotraficante, otros dicen que heredó una gran fortuna y que puede darse esa vida todo el tiempo que quiera.  Lo cierto es que el tipo después de sus grandes y bulliciosas parrandas, arregla una calle, le manda a pintar la fachada a un vecino, manda una botella de whisky a otro o hace un donativo en la iglesia de la vecina.  Así puede continuar con su vida sin que lo molesten.

El vigilante cara de púber sueña que es él al que quieren todas esas mujeres y que es él quien se emborracha entre un montón de amigotes.  ¡Qué buena esa vida!  Levantarte a la hora que querás, no soportar a un jefe gruñón, no preocuparte porque se terminó el dinero y todavía hay que pagar los quinientos pesos del cuarto.

Un carro se acerca a la garita, es la señora del 5-25, que vuelve de su turno en el hospital, como es de noche no toca la bocina como lo hace de día, sólo hace luces altas varias veces, hasta que vigilante cara de puberto reacciona y todavía medio dormido abre la puerta para que pase la doctora gorda que nunca hace ningún gesto de agradecimiento.  El policía vuelve a su puesto, observa de nuevo las calles vacías, oye un perro ladrar al carro que acaba de llegar, y se vuelve a quedar dormido.

Ahora sueña con la muchacha del 7-27, la que le sonrió cortésmente el otro día.  Sueña con que un ladrón quiere robarle y él sale a su rescate, golpea al ladrón y hace que pida disculpas a la dama.  Ella le regalará esa sonrisa tan cautivadora, pensará que es su hombre y se enamorará perdidamente de él.  Se oyen unos tiros que despiertan a nuestro vigilante.  Es el viejo del 6-10, un militar retirado que en las noches que no puede dormir sale a disparar al aire un revólver.

Pronto amanecerá y el policía privado irá al cuarto que alquila y dormirá profundamente, descansará.  Su compañero ronca ruidosamente, y en ocasiones, después de un ronquido profundo, parece que se queda trabado sin respirar, pero siempre vuelve.  A las 6:30 de la mañana entregan turno, las últimas dos horas siempre se tardan mucho en pasar.  El vigilante vuelve a cabecear y ahora sueña que está descansando en su cama, durmiendo rico.  Lo despiertan los gritos de un borrachito que pasa por las calles, cantando desafinado y tambaleándose.

El policía cara de puberto observa que se encienden las luces del segundo nivel de la casa que está en la esquina cerca de la garita.  De ahí saldrán cuatro niños hacia el colegio en unos momentos.  Después se van encendiendo las luces de las demás casas que se preparan para el día laboral o escolar.  Sólo en la casa del cuate del 4-51 no se observará vida sino hasta media mañana.

A veces el vigilante piensa que es probable que le toque este mismo chance durante toda su vida.  En realidad no le importa tanto, al fin y al cabo es un trabajo honrado y la colonia es tranquila casi siempre.  A veces observa a ciertos vecinos que le hacen miradas de compasión, o que lo saludan hipócritamente efusivos, porque creen que así no se notará el desprecio que sienten por los sirvientes.  Pero no todos pueden ser mala onda, siempre hay alguien con sincera empatía, como la amable señora que a veces les lleva comida o café.

Ahora son las 6:00 de la mañana.  Un carro negro polarizado que no es de ningún vecino se asoma a la puerta.  Nuestro vigilante sale de la garita, soñoliento, a preguntarle a quién irá a vistar.  Se acerca al automóvil con su tabla de apuntes y una ficha de cartón con el número 3 para pedir al visitante a cambio de una identificación.  Lentamente baja la ventanilla del piloto, al ritmo de un motor eléctrico con algún defecto.

El piloto del auto negro quiere hacerle una broma a nuestro púber vigilante con una pistola de juguete, muy real, lo asustará a muerte.  Toda la vida ha sido así, le gustan las bromas pesadas.  Suele llevar la pistola de juguete todo el tiempo, y cuando mira que la persona es débil, gasta la broma.  Lleva puestos unos lentes oscuros y una chumpa de cuero.  Cuando termina de bajar la ventanilla sonríe y apunta al vigilante con la pistola de juguete, dispara y grita ¡BANG!, y de la pistola sale una banderita también diciendo bang.

El vigilante brinca y grita del susto, todo el sueño se le pasa, y en un par de segundos pasa toda su vida y recuerda, sin saber por qué, cuando aprendió a jugar con bicicleta con su hermano, de cuando se quebró el pie por andar en patines y de cuando en el colegio se peleó con el Chitay.  Quién sabe de dónde salen las últimas imágenes que preceden a la muerte.  Después del susto, con la carcajada del bromista de mal gusto, apenas si atina a pedirle identificación.  El piloto se quita los lentes oscuros y le pide disculpas, pero le dice que debe aprender a afrontar las situaciones, que si le sale un tipo con pistola de a de veras que se tire al suelo, salga corriendo en zig-zag, pero que nunca se quede quieto.  Le entrega su licencia de conducir al vigilante y se vuelve a disculpar, esta vez sonríe sinceramente, parece buen tipo, salvo sus bromitas.

Después de dejar la garita, el piloto del auto negro llega al 4-51 y toca a la puerta.  Lo recibe la doméstica y como es viejo conocido, lo deja pasar, su patrón está dormido, le advierte.  Él le da dinero para que vaya por unos huevos y pan a la tienda, y ella sale.  Sin prisa pero sin pausa, saca la pistola de verdad con silenciador y entra en el dormitorio del cuate del 4-51.  Éste duerme boca arriba, facilitando las cosas.  Un disparo en el pecho, uno en la frente y el último en la sien.  Sale de la casa, toma su auto, pasa por la garita.  Cuando el vigilante le da su licencia de conducir, le desea un buen día y le dice que tome el susto de hace un rato como una señal, como si hubiera sido una nueva oportunidad para comenzar.


Categoría(s): Sociedad

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