El caso del profesor Méndez

Por José Joaquín López

Conocí al profesor Méndez cuando yo trabajaba en el colegio R. Era un hombre de 50 años, de modales muy circunspectos y bueno en su trabajo. Daba clases de matemáticas y física y a pesar de que en esas materias los profesores suelen ser odiados, sus alumnos le tenían estima. Era muy amable con todo el mundo, pero de ese tipo de amabilidad que impone distancia, un poco como si fuera una careta si veías más detenidamente. Su carácter fue lo que hizo que nos sorprendiéramos con su suicidio y más aún por el motivo.

Me tocaba dar clases de literatura e intentaba cumplir con el programa del ministerio de educación, pero de tanto en tanto les sugería a los alumnos lecturas  que a mí me habían gustado, en particular cuentos, porque leer un cuento no requiere de tanta inversión de tiempo como una novela y además ahora se pueden leer en internet, sin tener que pedir a los alumnos que compren libros. Un par de alumnos me agradecieron las recomendaciones y se adentraron en los cuentos de Monterroso, Borges y Chéjov.

A veces charlábamos con el profesor Méndez de las lecturas; él era un buen lector. Fue él quien me recomendó a Felisberto Hernández, un autor uruguayo fascinante con temas fantásticos. A Méndez le gustaba mucho Borges, que de hecho era su cuentista y poeta favorito. Una vez llevó al colegio una de las primeras ediciones de El Aleph, algo que sabía que a mí y a un par de alumnos nos fascinaría.

Durante el primer año en que estuve en el colegio el profesor Méndez fue de los más amables y como ya conté compartíamos algunos gustos literarios, algo que a los demás profesores no llamaba la atención. Sin embargo no puedo decir que haya sido su amigo, solo fuimos compañeros de trabajo que se llevaban bien.

En las vacaciones de ese primer año en que di clases de literatura, algo cambió. Méndez volvió y ya no era el mismo. A pesar de seguir siendo una persona amable, su semblante era triste y distante. Ya no le entusiasmaba hablar de libros y los alumnos comenzaron a resentir su nuevo estado de ánimo. Una semana se reportó enfermo y no respondió su teléfono celular ni mensajes por correo electrónico. Sin embargo llegó al siguiente lunes como si no hubiese pasado nada.

Su humor cambiaba semana a semana, lo que comenzó a preocupar a la directora. Me llamó a su oficina para preguntarme si yo sabía lo que le estaba molestando al profesor Méndez. No sé, tal vez se enamoró, respondí automáticamente, pero hasta esa vez no había pensado en esa posibilidad. Méndez estaba casado y tenía un par de hijos adultos, pero de ellos no se sabía mucho, más allá de sus profesiones y edad. La mujer de Méndez era maestra como él y daba clases de química en un colegio caro. Uno de sus hijos estudiaba medicina y el otro era abogado.

Acerté en mi conjetura de que el profesor Méndez estaba enamorado. Le estoy siendo infiel a mi esposa, me dijo de repente una vez, y es lo mejor y a la vez lo peor que me he sentido en muchos años. No atiné a responder algo coherente, salvo que lo disfrutara pero que tuviera cuidado con las consecuencias. Al siguiente día llegó abatido y el resto de la semana lo pasó sin hablar con nadie más que lo estrictamente necesario.

Su humor siguió cambiando, un día era el hombre más feliz y amable y el otro era un hombre triste, deprimido. Alguna vez llegó con olor a licor, algo muy sorprendente en un hombre como él. Le comenté a Méndez que la directora del colegio me había compartido su preocupación por él y que yo había cometido la imprudencia de insinuar, sin saber nada, que podría estar enamorado. Bueno, así es, respondió, pero le ruego no hablar más del tema con nadie; le agradezco que me haya contado.

Pocas semanas después, casi a mitad del año escolar, llegó la noticia. Habían encontrado al profesor Méndez ahorcado en su casa, después de un fin de semana en que su familia había estado fuera. En el colegio acordamos no mencionar la causa de la muerte, pero los alumnos de todos modos se enteraron. Todo el colegio, alumnos y maestros, fue al velorio y al entierro. La directora solicitó colocar en el mausoleo una pequeña placa con la frase “Siempre lo recordaremos, Maestro”. Así, con eme mayúscula. La frase había sido sugerida por los alumnos de quinto bachillerato.

En la funeraria la viuda se acercó a mí y me pidió mi número de teléfono. Me dijo que el profesor Méndez había dejado algo que ella quería que yo viera, ya que por su mismo esposo había sabido que yo era uno de los más cercanos a él en el colegio.

Días después, recibí la llamada. Me pidió ir a su casa, pero me suplicó no decirle a nadie. Estuve de acuerdo, no podía ser de otra manera. La casa era vieja y grande. Había una biblioteca interesante en donde nos reunimos con la viuda de Méndez. Vi de nuevo El Aleph de Borges que había llevado al colegio. Ella me llevó unos papeles firmados por el profesor y la laptop que él usaba. No estaba preparado para ver lo que había ahí.

El profesor Méndez había estado chateando con una menor de 16 años y habían compartido, los dos, fotos desnudos. Después de varios meses de hacerlo, se apareció en el chat no la muchacha, sino el padre de ella, que le exigía que dejase de hablarle. Sin embargo ella lo siguió buscando por medio de otras cuentas de chat y el contacto había seguido. El contenido de los chats era lo que uno puede esperar de este tipo de relación y por ello no quise leer mucho. La viuda no se había atrevido a leer y por eso me había citado a mí.

En los documentos firmados por el profesor habían impresiones de esos chats, de depósitos a cuentas bancarias, de las amenazas del padre de la muchacha y una larga carta en donde explicaba lo sucedido. Se habían conocido en una red social de citas y al principio ella le había dicho que tenía 19 años. Después le confesó que tenía en realidad 16. El padre había descubierto todo y le había pedido dinero para enviarla a terapia, porque según dijo estaba muy mal. Si no lo hacía, dijo el padre, iba a ir con todo el material al ministerio público y a la policía.

El profesor Méndez pedía perdón a sus hijos y a su mujer. Pedía también que si podían que hicieran algo por ella, que la alejaran de su padre, que el temía lo peor de parte de él.

Mi marido era a veces muy tonto, me dijo la viuda. Es evidente, continuó diciendo, que el padre de la niña fue desde el principio quien lo manipulaba y por no confiar a nadie el problema, por la vergüenza, la situación llegó hasta este extremo. Es posible que ni exista ella, agregó. Nunca la conoció en persona.

Con la asesoría de unos amigos abogados comenzamos a investigar. Logramos dar con el supuesto padre y la viuda del profesor Méndez puso una denuncia. La investigación posterior del ministerio público aclaró todo. El extorsionista tenía una hija, pero ella nunca se enteró del asunto; desde los tres años vivía con su madre quien se había divorciado del hombre. Nunca había escuchado el nombre del profesor Méndez. Había sido el padre desde el principio. Las supuestas fotos de su hija desnuda las había sacado de internet.

Al extorsionista lo procesaron y fue condenado por extorsión y posesión de pornografía infantil. Le dieron dos años de prisión. Según mis cálculos estará por salir de la cárcel, si no es que es un hombre libre de nuevo.


Categoría(s): Gente, Sociedad

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