No me va a pasar nada

Por José Joaquín López

Temprano de la mañana Aníbal se levanta para ir al chance, se arregla, desayuna. Hoy le prestó el carro su papá porque en la tarde tiene exámenes finales en la universidad. Le dice a su mamá que le está yendo bien, y su mamá lo mira orgullosa, con un brillo especial de ojos. Aníbal siempre fue un buen patojo, nunca molestó. Sale de la casa y su mamá le sigue para echarle la bendición y cerrar la puerta del garage. Se acerca a la ventanilla del carro.

——Váyase con cuidado m’hijo.
——No se preocupe mama, a mí no me va a pasar nada.

Aníbal va contento en el Hyundai negro de su papá, ya sólo le falta un semestre para finalizar ingeniería. Pone su disco con mp3 variados, desde Vicente Fernández hasta Coldplay, pasando por Shakira y Alejandro Sanz. Llega a la oficina y se conecta a internet para empezar el chance del día. Un par de correos para clientes, dar de baja algunos productos del inventario, chatear con un proveedor. Lo de todos los días. Luego viene la hora de darse un respiro y leer la prensa, ver qué de nuevo hay en los blogs y entrar a aquel foro de fútbol para hablar de los rojos y del Barça. Se detiene en un titular de hoy: “Atrapan policías que hacían limpieza social”. Indignado, deja un comentario en la página del periódico:

Yo creo que a esos policías deberían darles una medalla en lugar de atraparlos. Se deshacen de esa lacra que son los mareros y los narcos. Nadie quiere a esa lacra.

Aníbal firma como César López para no darse tanto color. Hay gente que no quiere aceptar las cosas como son, así que mejor para evitar conflictos, me pongo un nick falso y asunto arreglado.

Por la tarde, a salir corriendo para estudiar un poco antes del examen de la universidad. Shakira y Alejandro Sanz lo acompañan en el camino, y una tarde fresca entra por la ventanilla del piloto y llena todo el ambiente. Se encuentra en la biblioteca con el mono y la canche y hacen el formulario para el examen, repasan algunos problemas en los que tenían duda y están listos. Pasan a tomarse una coca a la cafetería, y en el camino a la clase las feromonas del perfume de la canche hacen su efecto. Aníbal se da cuenta de que hoy está linda y se ríe coqueta con él. Canche más cabrona, no va a haber más remedio que coger con vos. Después del examen, al salir de la universidad, Aníbal va a dejar a su casa a la canche y le pega un su agarrón con metida de mano antes de que se baje.

A algunas cuadras de ahí, un celular suena. Una voz comunica que el “trabajo” de hoy va en un Hyundai negro, de vidrios polarizados. Aníbal mira por el retrovisor un carro gris de vidrios polarizados que lo sigue al salir de la colonia de la canche. No le da importancia hasta que el carro gris lo rebasa y se le atraviesa en una parte solitaria de la carretera. Entonces ve salir a un par de encapuchados con uniforme de policía que sin mediar palabra apuntan, disparan y se meten de nuevo al carro gris. Minutos más tarde, otro Hyundai negro, de vidrios polarizados, pasa a la par del de Aníbal, se detiene y el piloto baja la ventanilla para observar el cadáver. Da un respiro de alivio y se va.

Al siguiente día, sale la noticia en los periódicos con una foto de la escena del crimen. La policía maneja la hipótesis de que fue un pleito entre bandas de narcotraficantes, pero afirma que se investigará el hecho. Juan Alberto, un compañero de Aníbal, lee la noticia. A saber en qué andaba metido este pisado, caras vemos, corazones no sabemos, piensa. Pasa la página, lee los deportes y se va para la universidad, donde comenta con sus compañeros lo que pasó. La canche y el mono están shoqueados. Por la noche, al regresar a la casa, Juan Alberto ve por el retrovisor que un carro gris de vidrios polarizados lo sigue. Esta vez no se confundan muchá, había dicho una voz por el celular, cinco minutos antes.


Categoría(s): Sociedad

Tags: ,
Recibe gratis las historias: