Las muñecas de don Rigoberto

Por José Joaquín López

Durante el tiempo en que trabajé para una telefónica instalando cable conocí a don Rigoberto, el tipo más raro que he visto en la vida. Por ese entonces este señor habrá tenido unos cincuenta años. Era alto, medio barbado, flacucho y muy platicador, nerviosamente platicador. Como por esos días apenas empezaba la compañía a dar el servicio, tuve que llegar varias veces a la casa de don Rigoberto porque no terminaba de quedar bien el cableado, o porque la señal era débil, o porque no había servicio. La segunda vez que llegué a su casa era de mañana, y vi sentada a la mesa del comedor a una mujer muy bella. Me la presentó como su mujer. La saludé pero ella no contestó. Hasta ahí me di cuenta de que era una muñeca.

Viejo más loco, pensé yo, mientras él le acariciaba el pelo a la muñeca inmóvil. La muñeca era blanca, de pelo largo lacio, largas pestañas y buenas piernas. Era muy real, parecía que fuera a hablar en cualquier momento. Estaba vestida elegantemente. Era una muñeca bonita, pero verla ahí con el tipo loco a la par me pareció desagradable. Sólo atiné a responderle que me indicara cuál era el problema con el cable, y que se lo resolvería en el momento. Mientras yo trabajaba el tipo loco platicaba con su muñeca-mujer como si fuera una persona real. Le decía que la quería y que se miraba bella y radiante el día de hoy.

La casa de don Rigoberto era de un lujo discreto. Se notaba la mano de algún decorador profesional y el buen gusto del dueño. Terminé lo más rápido que pude el trabajo y quise salir de ahí corriendo, pero en la puerta me detuvo don Rigoberto, tomándome del brazo. Me dijo, por favor no piense que estoy loco, yo sé que sólo es una muñeca, pero tengo más motivos para estar enamorado de ella que de una mujer normal. Se dio cuenta de que yo lo seguía mirando como a un bicho repugnante, y me dijo que si se necesitaba que fuera otra vez, procuraría que Hortensia no estuviera presente. Yo le dije que estaba bien, le di los buenos días y me fui lo más rápido posible.

Yo esperaba no tener que visitar nuevamente al viejo loco, pero a la semana siguiente tuve que volver, porque ahora quería que le instalaran una conexión para una segunda televisión. Intenté que le asignaran a otro técnico, pero no me hicieron caso. Así que fui a instalarle el cable para una segunda televisión.

El día que llegué me abrió don Rigoberto, me saludó por mi nombre y me invitó a pasar. Era un día de lluvia. Entré de inmediato en la sala, a la espera de las indicaciones de mi particular cliente. Al entrar, para mi alivio, no había ninguna muñeca en el comedor o en la sala. Me pidió que me sentara en uno de los sofás de la sala y me dijo que antes de que hiciera la instalación, él quería ofrecerme una disculpa y explicarme un par de cosas. A pesar de que le dije que no había necesidad, el tipo fue tan insistente que tuve que oírlo.

—Mi estimado Juan José —me dijo—, la última vez que usted vino vio a mi muñeca Hortensia sentada en la mesa del comedor. Supongo que al decirle que era mi mujer usted me creyó un loco, y no lo voy a culpar. Pero todo tiene una explicación.

 

—No tenga pena don Rigoberto —contesté—. Yo no encuentro ningún problema en que usted haga lo que mejor le parezca.

—Yo sé que diga usted lo que diga, me sigue creyendo un loco. Pero como quiero que usted sea discreto, le voy a contar la historia, para que tenga un poco más de sentido lo que hago. No voy a tardar más de diez minutos y después puede ir usted a instalarme el cableado de la segunda tele.

Don Rigoberto entonces sacó un cigarrillo, me ofreció uno a mí, y empezó su explicación.

—Usted sabe, estimado Juan José, que de todo lo animado e inanimado que hay en la Tierra, lo más peligroso es el mismo hombre. No hay ningún animal que mate tan eficazmente a otros de su misma especie. No hay un depredador tan voraz como el ser humano. Todo lo que el hombre mira lo termina destruyendo.

Yo le voy a contar un poco de mi historia, Juan José.

Hace tiempo yo estaba casado y era un hombre feliz. Mi mujer era muy cariñosa y discreta, además de que era una profesional exitosa. Yo, por mi parte, nunca he tenido problemas de dinero, porque aparte de mi trabajo profesional como arquitecto de grandes proyectos, heredé alguna fortuna familiar. Pero todo el cariño se acabó cuando mi mujer se puso de amante con un colega suyo. Se transformó prácticamente en mi enemiga. Se burlaba de mí, de mi delgadez, de mis manías, de mi forma de estornudar, de mi forma de hablar, de mis malos chistes. Me hacía sentir muy mal. Así que no aguantando más, le pedí el divorcio y estuvimos peleando durante un par de años, hasta que le cedí un par de casas y uno de mis carros para que el asunto caminara.

Ese divorcio me dejó muy afectado. Por ese tiempo conocí a Diego, que se volvió gran amigo mío. El era fabricante de maniquíes para boutiques y tiendas de ropa en general. Lo conocí en una reunión con unos clientes. Me invitó a conocer su taller, que quedaba cerca de mi oficina. Como me pareció un buen tipo, una tarde decidí visitarlo y ver qué había en ese taller de maniquíes. Nunca había conocido a alguien que fabricara esas cosas. Pensé en que tal vez también podía ser escultor y comprarle algo para adornar mi casa.

Cuando llegué, y todavía lo recuerdo como si fuera ayer, estaba en el centro del taller una mujer muy bella, como posando para una pintura. Tenía un rostro hermoso, estaba vestida con un vestido rojo largo. Era blanca, de pelo negro largo y lacio, de pestañas largas. Quise saludar por cortesía, pero entonces noté que no respiraba, y al acercarme, vi que era una muñeca. Me sorprendí de la destreza de mi nuevo amigo y le pregunté que cómo hacía esas figuras. Me dijo que era su proyecto personal y que las hacía de una combinación de resinas especial y mucho tiempo de dedicación en las noches de insomnio. Lo que él hacia pertenecía a una nueva corriente artística, el hiperrealismo.

Te la compro, le dije en el acto. Decíme cuánto es y yo te lo pago. Me miró sonriente y me dijo que no la pensaba vender porque era su primer figura de ese tipo, y por lo tanto la quería conservar. Me ofreció fabricarme una para mí, pero me pidió tiempo. Como no lo conocía mucho, decidí aceptar el trato y le pedí que me indicara el costo para hacerle un cheque por la cantidad que necesitara para empezar con el trabajo. Quería comprometerlo para no quedarme sin muñeca.

Después de esa visita yo no hacía más que pensar en esa condenada muñeca y en poseerla. Conociendo cómo es la gente en este país, principié a presionarlo para que me hiciera mi muñeca hiperreal. Lo que yo quería, sin embargo, era a esa muñeca que vi la primera vez, y la idea era hacer que empezara a hacer otra, pero quedarme con la original. Ese proceso de insistirle a Diego en la fabricación de una segunda muñeca y esperar a conseguir la que yo quería, me rehabilitó de mi depresión por el fracaso matrimonial. Me sentía nuevamente alegre, jovial. Me acostumbré a visitar el taller de mi amigo con la excusa de verificar que trabajara en mi encargo, pero lo que yo quería era ver a Hortensia, el nombre que Diego le había puesto a la muñeca que vi la primera vez. Ahí fue donde me enamoré de ella.

Creo que me enamoré porque sabía que al comprarla, esa muñeca sería sólo para mí, que nunca me dejaría ni me haría daño. Eso era mejor que buscar prostitutas para comprar un poco de cariño y sexo a cambio de dinero. Era la absoluta y total posesión del objeto lo que me excitaba.

Don Rigoberto se miraba muy emocionado al contarme todo esto. Yo no sabía qué pensar porque el tipo razonaba bastante bien, pero ¡el loco estaba enamorado de una muñeca! Quise interrumpirlo para decirle que tenía que terminar el trabajo en su casa para atender a otros clientes, pero me fue imposible persuadirlo. Así que me siguió contando la historia hasta el final.

—Le voy a ser sincero Juan José —prosiguió don Rigoberto—, yo nunca tuve suerte con las mujeres. A mi exesposa la enamoré a duras penas. Esa timidez que al principio le pareció encantadora, al final del matrimonio le parecía ridícula, y gozaba burlándose se eso.

Yo sé que no es normal enamorarse de un objeto, que el amor es algo que debe darse entre dos personas. Pero como he sido inútil para conseguirlo, y no quiero valerme de mi dinero para conseguirlo, no lo miro reprochable. No quiero ser parte de la trata de blancas al contratar prostitutas para pasarme el rato, por ejemplo. Tampoco quiero que venga ninguna mujer a hacerme sirviente de sus caprichos. En los pocos intentos de acercarme a alguna mujer que veo interesante no he terminado más que decepciónadome más de toda esa hipocresía que rodea a las relaciones de pareja. De lo que hay que aceptar para cargar a cuestas con una relación. Porque en un matrimonio siempre hay que negociar el espacio personal, las visitas de amigos, la dosis de alcohol, los ingresos económicos, las aficiones. Y yo, teniendo la experiencia de haber dado todo y aún así ser rechazado, no estaba dispuesto a ceder en nada.

Luego de un par de meses de ir varias veces a la semana al taller, después de grandes ruegos y de una buena suma de dinero, logré hacerme con Hortensia, la muñeca de mis amores. El día que la llevé por primera vez a la casa fui muy feliz. Puse mi música favorita y bailamos con Hortensia hasta que quedé exhausto, y no fue sino hasta el otro día que desperté y vi a Hortensia a la par mía y desayunamos por primera vez juntos. Es decir, yo con la compañía de Hortensia.

Yo nunca he creído en cosas sobrenaturales, ni siquiera en Dios. Pero pienso que poco a poco Hortensia como que toma un poquito de mí, de mi alma, de mi energía. A veces, es como si reaccionara a mis emociones. Un día, cuando regresé de la oficina muy molesto por un altercado con un cliente, al cerrar la puerta de la calle escuché un ruido escandaloso. Había sido Hortensia que había caído de la silla donde la había dejado, y a su paso había botado un florero. Otras veces, cuando estoy de buen humor y cariñoso, puedo sentir que se recuesta apaciblemente en mi hombro. A veces, cuando hay total silencio, creo escuchar su respiración. Sé que nadie podrá entenderme pero soy feliz así.

Don Rigoberto pareció haber terminado su relato y yo le dije que sería discreto, y me levanté a hacer la instalación que me había requerido. Pero me detuvo, tomándome del brazo, obligándome a sentarme de nuevo.

—Sólo una última cosa, Juan José. Le voy a confesar algo más. Es posible que necesite de su ayuda y estoy dispuesto a reconocerle su colaboración en efectivo. Sólo escuche un momento más.

Acepté escucharlo con algo de desgano, pero ahora interesado en la supuesta colaboración de la cual podría sacar renta.

Al entrar Hortensia en mi vida logré superar mi depresión. Pero como la emoción de lo novedoso suele pasar, me vi nuevamente en el taller de mi amigo, insistiéndole para que me vendiera otra muñeca. Esta vez tenía en su taller a una mulata de caderas anchas y ojos claros. Me excité al nomás verla, y por supuesto quise poseerla y al momento la compré. La nombré Cinderella y me acompaña ahora los días lunes. Con el tiempo me hice de siete muñecas, una para cada día de la semana. Y aquí entra usted, Juan José, a ayudarme. Necesito que asee a mis muñecas para que estén siempre limpias. Hasta ahora lo he hecho yo, pero ya estoy cansado, y como da la casualidad de que usted se apareció el día que desayunaba con Hortensia, y confiando en su honestidad y discreción pues estoy dispuesto a ofrecerle el doble de lo que gana en su actual empleo para que me ayude con esa tarea. ¿Qué piensa?

Maldito loco, pensé para mis adentros. Pero tiene dinero.

—Don Rigoberto —le dije—, me siento honrado con su ofrecimiento, pero no puedo aceptar porque espero hacer carrera en la empresa y estoy estudiando en la universidad para ascender y lograr mejores posiciones. Además me gusta mi trabajo.

—Entiendo —contestó, tomándose la barbilla con la mano—, pero ya que usted sabe mi secreto, quiero que colabore conmigo en esa tarea al menos un par de horas a la semana, el día que usted disponga. Luego, si consigo a alguien más, lo libero de la ocupación. Le pagaré bien.

Como pensé que no sería mucho tiempo, acepté trabajar con él tres meses. Cuando por fin instalé el cable en la segunda televisión, como había solicitado a la empresa originalmente, me despedí de don Rigoberto. El me extendió la mano, y me entregó un sobre y me pidió que lo abriera hasta que llegara a casa. Cuando llegué a casa y conté el dinero, habían mil dólares.

Así que trabajé por algún tiempo para don Rigoberto. Nunca lo volví a ver hablándole a ninguna muñeca. Procuraba limpiar las muñecas tratando de no imaginar qué había hecho el viejo con ellas. Tenía dos mulatas, una rubia, la Hortensia original, una asiática y una peliroja. Todas muy bonitas y bastante reales, hasta en sus genitales. Qué tipo más pervertido, pensé. A veces me daban un poco de miedo. Como aparte de esa su peculiar rareza don Rigoberto no tenía otra manía especial, me llevé bastante bien con él. Luego, al cabo de unos seis meses de llegar a su casa para el aseo de las muñecas, me dijo que había conseguido una persona fija para hacer el trabajo y que me daba las gracias por haber sido un buen y discreto colaborador. Me pagó una buena suma de dinero y me deseó mucha suerte.

Luego de un año, me llamó de nuevo. Me saludó muy cordialmente y me dijo que necesitaba nuevamente de mí, que por favor llegara lo más pronto posible. Al llegar a su casa me topé con un tipo que no era ni la sombra de lo que había sido don Rigoberto. Con una delgadez extrema y tosiendo a cada rato como si fuera a echar los pulmones por la boca. Como no se había portado mal conmigo y además siempre me pagó bien, me dio mucha pena verlo en ese estado.

—Estoy muy enfermo, Juan José —me dijo, con una voz muy carrasposa.

Me contó que tenía cáncer de pulmón y que no le quedaba mucho tiempo de vida. Como yo era de los pocos que sabía lo de su amor por las muñecas, y en especial por Hortensia, me pidió que me las llevara a otra casa, que quedaba a algunos kilómetros. Él le pediría a su abogado dejarme alguna cantidad de dinero para que yo me hiciera cargo de ellas cuando él muriera.

—Yo espero que el tratamiento de resultado y viva usted mucho tiempo. Pero no sé si aceptar —le respondí.

—Por favor, Juan José, acepte —me dijo, casi suplicando—. Es más, quiero que se lleve las muñecas, menos a Hortensia, ahora mismo. No quiero que mi familia se entere de ellas. Por favor.

Tuve que aceptar. Me llevé a las muñecas a una casa sin muebles, y las dejé ahí. Iba a visitar a don Rigoberto tres veces a la semana y le contaba cómo estaban sus muñecas, como si fuesen seres humanos. Se deterioraba rápidamente. No vi más que a dos sobrinos y a un hermano visitarlo, aunque él me había dicho que tenía cuatro hermanos. El día que murió, sin embargo, había muchos familiares fingiendo tristeza. La mujer que hacía la limpieza me entregó una maleta grande, en donde estaba Hortensia. Me dijo que don Rigoberto había muerto abrazado a ella, y que su última voluntad era que yo la cuidara. Me la llevé a la casa que don Rigoberto me había encargado.

Días después me llamó el abogado. Toda la familia estaba ahí, queriendo que les cediera la casa que me había dejado. Yo no me dejé intimidar y recibí los papeles de la casa y una buena suma de dinero. Ahora me encargo de las muñecas, arreglé y amueblé la casa. Por las mañanas, a veces, recuerdo a don Rigoberto y siento a Hortensia en una de las sillas del comedor. Y desayunamos juntos.


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