La mesera y el oficinista

Por José Joaquín López

Convencido de que la mesera del Café París era la mujer ideal, César decidió ir tras la conquista de Anabel, una treintañera guapa y madre soltera de dos hijos. Lo anunció en la oficina un lunes como a las dos de la tarde, cuando acababa de regresar de almorzar en el París. Anabel había llegado al Café París hacía seis meses y su belleza, su inagotable energía y su destacado culo, habían hecho que se duplicara la clientela, mayormente masculina. En contraste, el pobre César no era más que un flacucho de veintidós años sin mucha gracia, de lentes de culo de botella y mortalmente torpe con las mujeres. Todos en la oficina soltaron la carcajada cuando César dijo que ella terminaría casándose con él.

César no había ido a comer al París hasta ese lunes. Así que para él fue amor a primera vista; para ella no, por supuesto. Pasó toda la tarde ensoñado y al nomás dar las cinco, se fue a una óptica a hacerse unos lentes de contacto. Al siguiente día se cortó el pelo y se compró ropa nueva. Por fin su vida tenía un objetivo definido, una meta que alcanzaría sin importar los sacrificios y desventuras que le ocasionara. César empezó a ir todos los días, religiosamente, a almorzar al París. Antes de su visita al café ejecutaba un ritual diseñado, según él, para el éxito. Primero iba al baño a lavarse la cara, peinarse y arreglarse la corbata y luego se echaba un perfume caro. Mas de alguna vez lo vi haciendo muecas frente al espejo; era enternecedor y cómico a la vez. Mary, la secretaria del gerente financiero, solía decir al verlo salir: ¡pobre mi gordo! Después del acicalamiento César enfilaba hacia el Santuario de Guadalupe a rezarle a la Virgen para que le concediera el milagro. Después caminaba hacia el mercado central a comprar una rosa, para ir finalmente a los dominios de Anabel. Llegaba casi siempre de primero a la cafetería para tener la oportunidad de entregar la rosa y decirle a la mujer de sus sueños que hoy, como siempre, estaba hermosa. Ella respondía con una sonrisa cortés, recibía la rosa y le preguntaba qué quería para almorzar. Un par de veces me fui temprano al almuerzo para ver al romeo en plena acción. Él se quedaba como idiota viendo a la grácil mujer viajar en medio de las mesas, las miradas lujuriosas, los vasos de refresco, los platos y cubiertos. ¿Por qué una mujer tan guapa tenía que trabajar tan duro?

César cumplía su rutina diaria de forma meticulosa. Durante semanas enteras la mesera se limitó a recibir con una sonrisa sin emoción las rosas y las atenciones de su enamorado. Siempre que César quería entablar conversación, ella fingía que tenía que ir a hacer a la cocina, o que tenía que terminar de limpiar o atender pedidos a domicilio, que más bien eran raros. En la oficina todos lo molestábamos e íbamos a la cafetería sólo para ver los intentos infructuosos del enamorado. Mano, le decía Edwin, el de costos, la Anabel es mucho culo para vos. César se limitaba a mirarlo fijamente y decía qué te importa.

Después de casi dos meses de rosa y piropo diario, un día que llegué al París, la mesera me preguntó que cómo era César. Bueno, le dije, parece un buen tipo, yo lo conozco sólo de la oficina y aparte de ser su enamorado más insistente, no le conozco ninguna otra rareza. Ella me sonrió y me contó, como en confidencia, bajando la voz un poco: ¿sabe qué hizo ayer? Me pidió en una carta larguísima que saliera con él a tomar un café un día a la salida de mi trabajo. Cuando vine acá esa carta ya estaba en la cocina junto a un arreglo grandote de flores. Todos ya la habían leído. Me dio ternura. ¿Y qué le respondió usted?, le pregunté. Que la otra semana, pero sólo para ganar tiempo, porque no estoy segura.

Mejor salga usted conmigo, le propuse entonces. Ella me miró extrañada y se avergonzó un poco; no lo esperaba. Claro que no, me dijo algunos segundos después. Yo sólo le preguntaba porque usted es su amigo y no sé si César es loco o algo así porque yo no quiero problemas, me aseguró. Entonces tendré que empezar a traer mi rosa diaria, dije sonriendo. Ella se alejó fingiendo indignación, aunque antes de entrar a la cocina volteó a verme, con una cara seria que en el fondo reflejaba el brillo inequívoco de la vanidad femenina halagada. Desde esa vez yo también me empecé a obsesionar con Anabel, la adorable mesera del Café París.

Por aquel entonces yo tenía una novia con la que todo iba bastante bien. Ella estudiaba conmigo en la universidad el último año de administración de empresas. Yo la quería, no hay duda, pero no estaba tan enamorado que digamos. Ella y su cariño me hacían sentir cómodo, la compañía era buena, ella era bonita, pero tenía una risa nerviosa muy rara que a veces me hacía desesperar. No tardé en olvidarme de ella y soñar con la infatigable mesera del prominente trasero. Ahora éramos dos los enamorados obsesos.

Competíamos con César por ser los primeros clientes en llegar. Yo todos los días la invitaba a salir, y él todos lo días le daba sus flores y una carta, con un poema de Ruben Darío, de Amado Nervo o de Pablo Neruda. Yo de vez en cuando le llevaba una rosa. A Anabel le divertía un poco nuestra competencia, unas veces saludaba de besito a César y otras a mí, como para provocar más la rivalidad. César me dejó de hablar, y cuando teníamos que hacerlo por trabajo se limitaba casi a monosílabos. Mientras seguía con su ritual religioso: acicalamiento, compra de flores e ida a la iglesia. A veces yo le decía por molestar que a mí me iba a hacer caso la Anabelita porque yo le pedía al diablo, que es el príncipe de este mundo. César me contestaba con una mirada de odio profundo y sincero.

Así fuimos por un par de meses, hasta que un día, cansada del cortejo, Anabel decidió darnos una cita a cada uno. Chicos, dijo, me gusta que me halaguen, pero ya es hora de terminar con esto. Mañana saldré con César y pasado mañana con Carlos, a ver quién se pone más las pilas y me sorprende mejor. Yo sonreí y volteé a ver a César, que estaba serio y altivo. Los dos creímos que le íbamos a ganar al otro. El con su romanticismo soñador y yo con mi mejor trato con las mujeres. Yo estaba seguro que me había puesto de último para quedarse conmigo. Con César saldría el jueves y conmigo el viernes, algo tenía que significar.

*     *     *

El jueves, cuando los vi salir de la cafetería París, como a las cinco de la tarde, yo moría de celos. Los vi desde la ventana de la oficina hasta que se subieron al carro de César. El volteó a mirar hacia la ventana de la oficina, con una sonrisa burlona. Sabía que yo iba a estar ahí, observando como el romeo se llevaba a la mesera. Era una tarde soleada, bonita, y yo apenas resisití a la tentación de llamarla al celular. Casi no dormí pensando en qué le diría, en cómo podría romper su resistencia, en cómo venderme como mejor opción. También pensé en que para qué me metía a luchar por una mujer que ya tenía hijos, que no iba a tener tiempo para mí, que ya estaba muy vivida como para ilusionarse. Hasta que se pasó la noche y llegó el siguiente día, la hora del almuerzo en el París, y por fin, la hora de salida, las cinco de la tarde tan ansiadas.

Cuando llegó César ese viernes, me miró con sonrisa triunfante y despectiva. Yo no sabía lo que habían hablado, pero era evidente que me habría mirado de esa manera cualquiera que fuera el resultado de la cita del día anterior. Sin embargo me intimidó un poco. Al fin y al cabo él era más metódico en su cortejo y sus acercamientos con Anabel tenían más tiempo y más trabajo. El había trabajado en la planificación de esa cita mucho tiempo más que yo, y era muy probable también que su devoción a la mesera fuera más grande que la mía.

Toda hora se llega, así que me tocó al fin ir a traer a la dama. Para no estar tan nervioso, me tomé un par de tragos después del almuerzo, repasé mentalmente mis frases matadoras y mi sonrisa de galán frente al espejo y salí decidido a ganarme el corazón de la bella mesera. ¡Hola!, me dijo al verme. Vestía una blusa celeste, un pantalón de lona algo flojo, y unos zapatos tenis. Se había maquillado con buen gusto. Me tomó del brazo y dijo que caminara con ella. Me sentí el ganador de la contienda. Me dijo que iríamos a caminar un poco a la sexta avenida, y que después podríamos ir a donde yo hubiera planificado. Hoy es un día importante, apuntó.

Me contó entonces que era el cumpleaños de su mamá y que desde que había muerto, hace tres años, siempre visitaba algún lugar que se la recordara. Pasaríamos frente al restaurante Fu Lu Sho, en donde había trabajado su mamá por años. Al contrario que el día anterior, estaba nublado, gris. Caminamos hasta llegar a la puerta del restaurante y ella señaló el bar desde donde atendía a la clientela. Había tenido una infancia feliz, y pasar frente a ese restaurante le hacía recordar. Por un momento se le aguaron sus ojos. Se miraba hermosa.

Bueno Carlitos, y entonces, ¿a dónde me vas a llevar?, me dijo después de un nostálgico y profundo suspiro. Le di el nombre del restaurante en donde quería cenar con ella, pero ella no lo conocía. Yo no me acuerdo del nombre, porque lo había escogido al azar en la guía telefónica, pero resultó ser un bonito lugar. Anabel era una mujer divertida, así que nos pasamos riendo la mayor parte del tiempo. Como me sentí a gusto, olvidé todas las palabras que había preparado para hacerla caer. Me la estaba pasando bien, así que decidí ser espontáneo.

Entre risas y comida, me dijo que había aceptado la propuesta de matrimonio de César. Yo me ahogué con la cocacola que estaba tomado y se me salió un ¡puta! ¿cómo? La damisela se echo a reír con carcajada limpia. Sólo quería verte la cara, me dijo, somatándome la espalda (porque yo tosía del ahogo), riéndose todavía. No acepté nada. Lo que quiero es que me llevés a un motel porque hace rato que no me cojo. Al punto pagué la cuenta y nos fuimos al más cercano. No voy a dar detalles, pero nos la pasamos muy bien. La fui a dejar a su casa como a las cuatro de la mañana, porque ella quería que sus hijos la vieran cuando despertaran. Se había quedado su tía cuidándolos. Me dijo al despedirse que por favor no la llamara, que nos viéramos hasta el lunes.

Yo no hice caso y la llamé al día siguiente. Le envié mensajes de texto como loco, le dejé grabados mensajes de amor después de tono, pero no contestó. Desesperado, la fui a buscar a su casa por la noche. Me atendió su tía, y me dijo que no estaba, que había salido con sus hijos, pero yo sabía que mentía. Creí ver que atrás de la vieja se abría una cortina, pero no vi a nadie. Le insistí a la vieja, le dije que estaba loco por su sobrina, que sólo quería verla. Ella sólo los vuelve locos y después se hace la loca ella, olvídela mijo, me dijo, casi tirándome la puerta en la cara. Volví a la casa derrotado, llamé a unos amigos y me fui a emborrachar en el Paseo Aycinena. Salí de ahí cargado por dos de mis mejores cuates, chillando, diciendo que me quería matar, y maldiciendo a la puta de la Anabel.

Pasé mal el domingo, con resaca y depresión. Pero cuando me levanté el lunes, decidí hacerme el fuerte e ir a decir a la oficina que me había cogido a la mesera del París. Gritando, para que oyera el César. Cuando llegué a la oficina, sin embargo, todo mundo rodeaba al flacucho que les mostraba el anillo de compromiso que le iba a entregar a Anabel ese mismo día. Todos estarían invitados a la boda. Al verlo ahí, tan ufano y sonriente, no supe qué decir. Yo dije que me la había ido a coger el viernes, pero nadie me creyó. Todos fueron al París a almorzar ese lunes, nadie se quiso perder la entrega del anillo. Yo me escapé de la oficina después y llegué a confrontarla, a pedirle explicaciones. ¿Cómo es eso que cogés conmigo después de comprometerte en matrimonio? Soltame, me dijo, y te explico.

Un poco temblando la voz, pero bien claro, le escuché que ella estaba segura de que el César iba a quedarse con ella, ella lo que quería era estabilidad y no sólo alguien que cogiera a la primera oportunidad. Que lo del viernes había cumplido dos propósitos: probar qué era lo que quería yo y pasar el rato. Pero nada más. Ahí me descontrolé y empecé a insultarla de tal modo que me tuvieron que sacar a la fuerza del restaurante el cocinero y el dueño. Fue la última vez que fui al París.

La boda se celebró tres meses después. Yo no estaba invitado, pero fui a la boda religiosa, que por supuesto fue en el Santuario de Guadalupe; el lugar donde el romeo rogaba a Dios y a la Virgen que se le hiciera el milagro. Tenía que verlo con mis propios ojos. No digo que no sentí el orgullo de macho herido, pero incluso me alegré del suceso. No sé bien por qué. Salí de la iglesia antes de que terminara la misa, mientras una soprano cantaba el Ave María.


Categoría(s): Amor

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