La luna de miel

Por José Joaquín López

Cuando nos casamos con Raquel hicimos que nuestra luna de miel durara un año. Ahorramos todo lo que pudimos, renunciamos a nuestros trabajos y decidimos darle la vuelta al mundo. Hicimos nuestras previsiones y el dinero nos dio para pasar el año sin apuros. Fuimos a varios países en Europa y Sudamérica, vimos muchos atardeceres y amaneceres en distintos lugares. Una luna de miel de doce meses. Hay muchas historias que contar de esos viajes, pero si hay una que fue bizarra fue la que pasó en Buenos Aires.

—¿Te acordás de cuando fuimos malabaristas y payasos de semáforos en Bogotá? Eramos malos para eso.

—Como para que no me acuerde Gustavo, pero no nos fue tan mal. Todo por culpa de tu hermano que no nos mandó el dinero a tiempo. Pero no nos morimos de hambre, viste.

Los primeros tres meses fueron de Europa, y cuando regresamos, nos quedamos aca en Guatemala un mes para descansar, y luego al siguiente nos fuimos a Sudamérica. Primera parada, Buenos Aires. Allá nos recibieron unos conocidos en el aeropuerto y estuvimos en su casa una semana, a petición de ellos mismos.

Andrea y Marcelo Morello era un matrimonio de nuestra edad, así que nos llevamos bien desde el principio. Vivían en Olivos, Buenos Aires, en un apartamento amplio, con buena vista. No me acuerdo bien qué negocio tenían, pero por lo que se veía, era muy rentable. Fueron muy amables con nosotros, pero tenían una relación de amor-odio entre ellos. Ese tipo de relaciones en que se agreden verbalmente y aún así siguen juntos, y hasta felices.

—¿A vos te gustaba el Marcelo?

—Pues mal no estaba.

—Desgraciada.

Los Morello tenían unos vecinos raros. Dos tipos y una mujer, que no se bañaban, pero saludaban cortésmente, aunque con ademanes tan exagerados que te hacían sentir miedo. Se levantaban temprano para ir a comprar las cosas del desayuno, luego volvían a salir a la hora del almuerzo, siempre juntos, y después ya no salían del apartamento. Parecían ser de la misma edad, unos 35 años. Su aspecto era sano, aunque tenían la mirada perdida, salvo cuando te saludaban.

Nos contaron nuestros anfitriones que ellos eran hermanos, y que habían heredado una gran fortuna, así que nada les faltaría. Sin embargo, nunca salían del apartamento a no ser para comprar abarrotes. No tenían televisión, pero sí una importante colección de libros y discos. Les gustaba el jazz.

—La vez que no soporté fue cuando aquella mulata cubana se te insinuaba en mi cara y vos le seguías la corriente.

—No le seguía la corriente, exagerada sos.

—Ahora te hacés el loco.                         

—Vos te pusiste bien celosa, qué caritas las que me hacías. Ja.

Al segundo día de estar en Olivos con los Morello, los vecinos raros se enteraron que éramos de Guatemala. Mostraron interés en nosotros, lo que nos hacía sentir incómodos. En los pasillos y el elevador nos hacían toda clase de preguntas y nos contaron que el único país al que habían viajado alguna vez era a Guatemala. Nosotros intentábamos sacudírnoslos de encima con monosílabos, pero era inútil. Ellos estaban obsesionados con Guatemala.

Nos invitaron a almorzar un día. Fue tanta la afectación que mostraron al invitarnos que nos vimos forzados a aceptar. Fuimos entonces Raquel y yo al almuerzo y entramos a la casa más rara que he visitado en mi vida. Todos los muebles empolvados, goteras arregladas con un sistema de embudo y manguera que iba a dar a un desagüe en el baño y una rata circulando libremente por ahí. Lo único que estaba limpio era la cocina. Cuando entramos torpemente sacudieron un poco el polvo de las sillas. Nos atendieron con esa simpatía exagerada que te amenaza en lugar de hacerte sentir bien.

—¿Te acordás de la vez que te llamé y te dije que estaba con unos amigos en el mirador camino a La Antigua? Te dejaste venir en bus aunque no sabías cómo chingados llegar. Llovía. Cuando al fin llegaste yo ya no estaba y te empapaste. No quisiste llamarme por orgullosa, preferiste que te fuera a recoger el Christian, ese tu enamorado loco que te pidió que no te casaras y que te dio serenata el día anterior a la boda.

—…

El almuerzo era un asado que era obvio que no habían preparado ellos. No estaba mal. Durante la comida entonces supimos que ellos querían volver a Guatemala y visitar Tikal. Según estos hermanos, el alma de sus padres estaba encerrada en el templo del Gran Jaguar. ¿Por qué? Quién sabe, a ellos se les había metido la idea y de ahí no había ser viviente que los pudiera sacar. Nos miraban abriendo bien los ojos, a ratos tenían su respiración acelerada. Creo que veían en nosotros alguna especie de ángeles que los conectarían con las almas de sus padres muertos en un terrible accidente, en Petén, hacía ya 20 años.

En la sala estaban en la pared varios retratos de los padres de estos tres hermanos locos. No sé si fue por la tensión en que estábamos, pero esos señores nos parecieron más bien gente lúgubre. De los tres hermanos, la mujer tenía un tic en el ojo derecho, que le temblaba cada vez que parpadeaba. No nos habíamos fijado al principio.

—Es increíble que estemos aquí esperando a que comience la audiencia de nuestro divorcio, Raquel.

Las cosas se empezaron a poner tensas cuando el mayor nos dijo que los teníamos que traer a Guatemala, que esa debía ser nuestra misión, que por algo nos habíamos encontrado. Les dijimos que no regresaríamos en el corto plazo a Guatemala, porque estábamos de paseo en Sudamérica y Argentina era apenas el primer país que visitábamos. Ellos entonces cambiaron su amenazante amabilidad por insultos y gritos.

El menor fue hacia el interior de la casa y volvió con una escopeta, mientras la mujer sujetaba a Raquel y el otro hermano me tomaba el cuello con su brazo derecho a mis espaldas. Estábamos atrapados. Raquel entonces ofreció cambiar todos nuestros planes para hacer lo que ellos querían, pero tendríamos que ir a la oficina de la aerolínea a cambiar boletos y a comprar los de ellos. Pero como ellos no tenían costumbre de salir de casa, era mejor que lo hiciéramos nosotros. Necesitábamos eso sí, dinero para hacerlo.

—Fuimos a un montón de lugares, pero la tarde que yo más recuerdo fue aquella primera vez en La Antigua, cuando lloviznó y vos andabas contenta y entramos a aquella galería de arte. Yo te dije ese día que vos mandabas a dónde íbamos. Yo sólo escucho y obedezco y pago, por supuesto, ofrecí. Y entonces me abrazaste apretado.

—Sí, estuvo bien. Pero ya pasó.

La gente cuando le dicen lo que quiere escuchar suele caer. Y afortunadamente para nosotros así sucedió. Los locos accedieron y sacaron de un cofre viejo lleno de dinero algunos buenos dólares para hacerles el trámite. Salimos de allí y nunca volvimos, por supuesto. Esos dólares nos sirvieron para continuar el viaje. Apenas nos despedimos de los Morello, sólo entramos por las cosas al apartamento y fuimos directo al aeropuerto, rumbo a Perú. Después le pedimos a Marcelo por teléfono que si preguntaban por nosotros, dijera habíamos muerto al estrellarse nuestro taxi con un camión en la carretera. Había habido por casualidad un accidente el día de nuestra partida en el cual había muerto una pareja no identificada. Un recorte de la noticia convenció a los tres hermanos locos.

—Cuando entremos con el juez digámosle que ya no nos divorciaremos.

—Estás loco.

—Por eso se llama conciliatoria la audiencia. Para reconciliarse uno.

—No es audiencia conciliatoria, es de avenencia. Y después de lo que me hiciste no quiero volver con vos.

—Como sea, el sexo de reconciliación es bueno, dicen.    

—…

—Bueno, entonces divorciémonos y volvámonos a casar. Así tendríamos otra luna de miel de un año y la pasaríamos genial.

—Ya es tarde Gustavo, yo te quise de veras, pero ya pasó. Entremos, firmemos y ya está. No insistás, ya no te quiero.


Categoría(s): Gente

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