La llamada

Por José Joaquín López

Amalia está sentada en el sofá de su casa, esperando que su teléfono celular suene. Ya hizo la limpieza, ya preparó el almuerzo y sus hijas están en la escuela. Pero la llamada no llega y los minutos se hacen eternamente largos y no hay nada bueno en la tele. La música tampoco la calma, entonces toda la casa está llena de silencio. Solo hay un sonido que Amalia quiere escuchar y es el ringtone del himno a la alegría con que suena su celular cuando la llaman. Lo único que ha sonado un par de veces en la mañana ha sido el tono de mensaje de texto, con mensajes de publicidad. Marque el *TAROT para mejorar su suerte, dice uno. Pero de la llamada que espera, la que puede salvar la situación, nada.

Amalia lleva seis meses sin tener trabajo. Nunca tuvo carácter de comerciante, así que ha trabajado de doméstica por días, pero no se gana mucho, apenas alcanza. Su madre no se ha enterado de su situación porque Amalia es orgullosa, pero han habido días en que ella apenas comió un par de tortillas de maíz y un pan dulce, pero eso sí, a sus niñas nunca les ha faltado la comida. Revisa si el teléfono tiene suficiente carga y lee nuevamente los mensajes de texto, mira el mensaje de su mamá que alegremente le envió temprano desde el lago de Atitlán, donde pasa unos días por un retiro religioso, que dice: Amaneció nublado y lloviendo, con vientesito.

Amalia sonríe porque desde que su mamá aprendió a enviar mensajes de texto casi no la llama pero envía mensajes a cualquier hora. Se sonríe también por la falta de ortografía, y piensa, sí, tal vez suena mejor con s.

Instantes después se le quita el buen sabor del mensaje de su mamá y vuelve a su espera desesperada. La señora le dijo que si no la llamaban en una semana ya no lo harían, que se lo decía para que no esperara de balde. La semana se cumple justo hoy y entonces si ya no la llaman se habrá acabado definitivamente la oportunidad. De todas las entrevistas a las que ha ido, esta fue la que mejores síntomas de contratación dio. Pero ya ha pasado la semana, quizás ya contrataron a otra candidata más joven y que maneje mejor el inglés.

Amalia recuerda los días en que estudiaba secundaria y le parecía que podía conquistar el mundo. Sólo se trata de trabajar duro, pensaba entonces. Ahora piensa, sí, se trata de trabajar duro, ahora ya no para conquistar el mundo, sino para pagar las cuentas y comer. Pero primero tiene que haber trabajo, y eso es lo que ella no tiene. Tampoco sabe cómo inventarse algo que le de suficiente dinero para no pasarla mal. La hija mayor le dijo un día de estos que se miraba más flaca, y ella le contestó que era porque hacía dieta para verse mejor y conseguir empleo.

Ahora que le va mal por no tener trabajo fijo, dado que siempre lo tuvo, recuerda cuando su marido la abandonó. Según él iba a encontrarse a sí mismo en Estados Unidos, a trabajar y a enviar dinero, pero después de que llamó para avisar que había llegado bien nunca volvió a comunicarse. Ella supo después por medio de la familia de él, que allá se había juntado con una salvadoreña a los pocos meses de haber llegado. Así que decidió darlo por muerto y olvidarse definitivamente de él. Pero el dolor del fracaso matrimonial a veces vuelve cuando las cosas no van bien, y lastima un poco.

Empieza a rezar un rosario para calmarse y vuelve a rogar a Dios para que le envíe un empleo. Le recuerda que nunca ha faltado a la iglesia, y que si no ha dado ofrenda ahora es porque de veras no tiene. También le recuerda que ella nunca se portó mal, que siempre fue una mujer tranquila, que se apiade de ella. El rezo la calma y se levanta del sofá para ir al cuarto de las nenas, y mirando el osito amarillo de la pequeña se recuerda del día en que lo compraron en la paca; la nena lo miró, lo tomó y no lo quiso soltar.

Cuando son las doce menos cuarto en la mañana, Amalia piensa que ya no vendrá la llamada sino hasta después del almuerzo. Bueno, piensa, tal vez no era para mí, mejor pensar positivo, ya saldrá otra oportunidad. Ya está calmada y ya vendrán las niñas de la escuela, para ellas hay que estar alegre, por ellas vale la pena el esfuerzo. La tarde será menos larga, porque habrá que revisarles las tareas y harán bromas y después mirarán caricaturas.

Por fin suena el himno de la alegría en su celular y ella acude un poco temerosa. Es del número de la empresa. Le anuncian que la esperan el próximo lunes a primera hora, y que tendrá, así como ella lo pidió, el turno de la mañana. Ella conserva la calma mientras dura la llamada, toma nota de la dirección a donde debe presentarse y el nombre de la persona por quien preguntar. Cuando termina la llamada ella cae en el sofá, así como caen los maratonistas después de una carrera agotadora. Las lágrimas empiezan a salir, toda la tensión de los meses anteriores después del despido injusto parece liberarse por fin.

Media hora de llanto después se lava la cara y procura calmarse, las niñas no la pueden encontrar así. La pequeña llega muy contenta del colegio, la grande llega muy cansada. Mientras les da de almorzar, Amalia les cuenta que ya tiene un empleo nuevo y que por las tardes siempre estará con ellas. La grande responde que eso está bueno, porque así podrán ir otra vez a comer pizza afuera. Sí, responde Amalia, pero sólo si se portan bien. Pone cara seria, pero sonríe por dentro.


Categoría(s): Gente

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