La dama y los amigos

Por José Joaquín López

En una noche tibia de octubre, en uno de los bares de cuatro grados norte, se encuentran, riéndose y festejando, un grupo de bachilleres graduandos. Todos pasan ya de 18: Jorge, que todavía tiene acné en la cara, Wilson, a quien apenas se le nota la mayoría de edad y Guayo que ya parece de 20 y de eso se jacta siempre e inventa aventuras con muchachas mayores. Están celebrando su último año de colegio y esperan ansiosamente la universidad. Hoy decidieron emborracharse y velar toda la noche. El afterparty será en la casa del Luis, quien todavía no ha llegado.

Son ingenuos, torpes con las mujeres y de la vida de la noche apenas saben. Con la primera cerveza Guayo, el que parece ya de 20, ya está carcajeándose. Jorge, el de acné en la cara, mira pasar con la boca abierta a las muchachas que pasan por el lugar y exclama, entusiasmado, ¡qué culos los que se ven por aquí muchá! Los tres están muy animados, ríen y ríen, pues la vida no les ha dado mayores penas. La mesa en donde están los amigos está a orillas de la calle, y como el local no tiene paredes, se aprecia cómo la gente se pasea afuera del establecimiento.

—Mirá esa mamita de blanco, ¡qué nena! —dice Wilson, que hasta entonces había estado callado.

El grupo de amigos voltea a ver y hace gestos de total aprobación para la mujer que se pasea libremente por la calle. Algunos segundos después, notan que viene acompañada de Luis, el cuate que faltaba en el grupo.

—Puta muchá, ¿qué anda haciendo ese cerote con la mami esa? —pregunta Guayo con una sonrisa sorprendida.

—Nada que ver ese culito con el Luis, pero ahí viene con él, de plano que es por el pisto de aquél, porque nada que ver pues —sentencia Wilson, mientras un ufano Luis los saluda de lejos con la mano.

La pareja se sienta a la mesa y de pronto las palabras soeces desaparecen y después de saludar a Pili, la muchacha que llega con Luis, le clavan a éste miradas interrogatorias para que diga de dónde se sacó al monumento de mujer.

Pili es una veinteañera de pelo negro profundo y lacio, delgada, pero de anchas caderas y pechos prominentes. Lleva un vestido blanco pegadito y unos zapatos de tacón alto destapados, que dejan ver unos pies bien cuidados. Sabe que es bella y que todos la observan y actúa coqueta y seductoramente, flirteando y jugando, disfrutando de las ventajas que trae la belleza.

—Trabajo en una agencia de modelos —responde Pili a una pregunta de Jorge.

Los amigos empiezan a hablar de la U y de las carreras y Pili dice que estudia ciencias de la comunicación. Están incómodos porque no pueden hablar de vulgaridades a placer, pero todos están atentos a los movimientos de Pili. Luis dice que se acaban de conocer y que es la primera vez que salen y trata de abrazar a Pili, pero ésta hace una seña de que prefiere que no. Entonces ella avisa que irá al baño y se aleja mientras los ojos de los cuatro amigos rebotan con cada movimiento de las caderas de la modelo.

—Es mi regalo de graduación, es una dama de compañía que contrató mi papá —dice Luis, para responder a las miradas interrogantes de sus amigos—, esta noche, después de las chelas con ustedes, me voy a moler café con la Pile. Así que no va a haber afterparty muchá, lo siento.

Satisfecha la curiosidad, los amigos se explican todo y se quedan envidiando la suerte de Luis. Tenía que ser así, es que nada que ver con vos, disculpáme manín, pero nada que ver, le dice Wilson.

La muchacha coquetea y ríe, hace bien su trabajo. Los amigos, ya después de algunas cervezas, liberan la lengua y piropean a la dama, que sólo responde con un parco gracias, siempre. Ella toma sólo una botella de agua y baila con cualquiera de ellos que la saque. De vez en cuando la dama mira hacia afuera del bar, y hace un saludo a un tipo grandulón de lentes oscuros y brazos cruzados, que sólo asiente con la cabeza. Los demás clientes del lugar notan que la muchacha no encaja entre el grupo.

Y así se la pasan los amigos, contando las anécdotas del colegio, felices por terminar ya con la etapa del diversificado. Piensan y sueñan que con un poco de trabajo duro se abrirán camino y llegarán a tener dinero, son jóvenes y el futuro está esperándolos para ir por él y conquistar el mundo. Pili los observa con un poco de ternura, ninguno es su tipo, pero parece que son buena gente y que a nadie le harán daño. A las 11:30, le hace señas a Luis de que se deben ir. Luis sonríe triunfalmente y se despide de los amigos, levanta los pulgares y les hace un guiño de ojo.

Los tres amigos se quedan por un rato observando a la dama caminar junto al suertudo del Luis.

—Lo que hace el pisto, vaá muchá —suspira Jorge.

Luis y Pili se pierden al cruzar una esquina. Wilson se da cuenta de que Luis dejó el celular en la mesa y sale corriendo a dejárselo. Al cruzar la esquina los observa platicar y decide no acercarse, pero sí espiar. De entre las sombras sale el grandulón de lentes oscuros y se acerca a hablar con los dos. Luis saca algunos billetes y se le mira tratando de negociar, pero el grandulón niega con la cabeza. Parece que Luis no tiene suficiente para seguir con la dama toda la noche. Finalmente, el grandulón se lleva a Pili y Luis se sube a su carro, somata el timón y da un resoplido de inconformidad. Wilson, antes de que Luis lo mire, regresa con sus amigos a contarles la escena.

Los amigos escuchan atentamente el relato de Wilson, por un lado celebran que al pobre Luis no se le haya hecho, y por el otro hubieran querido que se le hiciera porque era buen cuate. Ríen a carcajadas con la historia, y siguen cerveceando hasta la una de la madrugada, cuando la odiosa ley seca les impide seguir el festejo. Acuerdan entonces reunirse al día siguiente para entregar el celular y escuchar los probables inventos de Luis.

Al otro día Luis llega temprano y lleva puesta una fingida sonrisa satisfecha, y cuenta de cómo pasó la noche moliendo café. Los demás le escuchan atentamente, sin interrumpir la historia, sonriendo al escuchar las mentiras de su amigo. Wilson le cuenta lo que vió, le dice que se deje de pajas y le devuelve el celular. Al amigo Luis entonces, descubierto en su mentira, se le pone su rostro color rojo ante las risas de los demás. Después del momento colorado, los amigos quedan en ir de nuevo a la noche a cuatro grados norte, para ahora sí, celebrar todos juntos. Y allí aparecerá Pili, con otro muchacho del brazo, y pasará sonriéndoles, saludará, guiñará un ojo y los dejará babeando, soñando con sus curvas y su cabello y su cuerpo lleno de vida.


Categoría(s): Sociedad

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