La clínica dental

Por José Joaquín López

Daniel entra temeroso a la clínica del dentista de la colonia porque tiene un incisivo superior que ya no tiene salvación y debe ser extraído. Lleva dos semanas de intenso dolor, así que para aliviarse no queda más que sacarlo, pero todo eso de los dentistas y la anestesia a Daniel no le va muy bien. De pequeño solía decir que quería morirse antes de que se le cayeran los dientes. Lo atiende la asistente del doctor y le dice que pase de una vez, pues no hay paciente en este momento. Daniel respira profundo, él hubiese querido esperar un tiempo en la sala de espera para prepararse sicológicamente. Al abrir la puerta lo saluda sonriente el doctor, como si fuera cosa de broma lo que van a hacer. Un destello sale disparado desde la blanca dentadura del dentista.

—Pase Daniel, mire que tuvo suerte, no tenemos paciente ahora, siéntese por aquí, esto no va a durar pero ni cinco minutos.

—Como no es el diente de usted lo dice tan fácil doctor, pero de veras que ya no aguanto el dolor y por eso vengo a que me saque el diente. Por favor haga que no me duela.

—No tenga pena, aquí estamos para servirle, a ver, abra la boca —dice el dentista, mientras acomoda la luz y explora el diente enfermo con un frío espejo bucal—. Mmm, la cosa no está nada bien Daniel, también el diente que está a la par tiene una gran caries, aunque creo que lo podemos salvar con un relleno. Si quiere aprovechamos y hacemos las dos cosas de una vez hoy.

—No, no, no —se apresura a decir Daniel—, sólo quíteme el que está peor y ya entonces hablamos del otro. Con uno basta por hoy.

El doctor acepta la idea y se dispone entonces a hacer la extracción, le coloca un hisopo con anestesia en la boca y le pide que cierre. Mientras el diente de Daniel se encuentra en capilla ardiente, el doctor prepara la jeringa con la anestesia local. Sin que Daniel mire la jeringa, se acerca.

—Abra la boca por favor, va sentir un pinchoncito —dice el doctor y rápido le inserta la aguja en la encía.

Daniel siente un escalofrío que le recorre todo el cuerpo y cierra los ojos con fuerza, una lágrima se le asoma en el ojo derecho. No hubo tales de un pinchoncito, dolió la cosa y siente el sabor de un hilo fino de sangre. El dentista le dice que esperará un rato mientras hace efecto la anestesia y sale de la clínica para hablar con su asistente, dejando a su paciente a solas. Daniel mira a su alrededor las pinzas de extracción, las espátulas, los escalpelos y las fresas del temible y siniestro taladro dental. Todos los instrumentos parecen emitir el destello de los dientes blancos del doctor. Le entra una fina pero consistente certeza de que hoy algo saldrá mal, y se empieza a angustiar, a tiempo que el doctor regresa.

—Ok, ¿ya siente dormido y grande el labio? —pregunta el doctor.

Daniel se toca el labio y siente que lo tiene grande, se pellizca y apenas siente nada. Asiente. El doctor se voltea y prepara algo que Daniel no mira.

—Otro pinchoncito —dice el doctor, y le clava por segunda vez una aguja.

Esta vez no siente nada Daniel y el doctor no sale. Con una espátula destellante el dentista separa un poco la encía del diente causando un poco de dolor que no inquieta demasiado a Daniel, pero acto seguido, observa cómo una pinza de extracción se acerca a su boca y presiente lo peor. El doctor acomoda la pinza y empieza el movimiento pendular para extraer el diente. Lo logra aflojar, se oye un inquietante crujido y anuncia que hará el movimiento final. Hay un sabor a sangre que preocupa a Daniel, pero no hay mucho dolor.

—¡Mierda! —dice en voz baja pero audible el dentista.

¡Lo sabía! piensa Daniel, y espera ansioso la explicación del doctor. Ahora todo se pondrá peor.

—La pieza estaba más cariada y débil de lo que pensé, y quedó la raíz adentro, así que tendremos que tener un poco de paciencia.

Daniel, en la condición en que está, sólo asiente resignado. El doctor prepara más anestesia y la inyecta en la sufrida encía superior de su paciente. Entre sus instrumentos escoge una espátula y separa un poco más la encía de la raíz que quedó. La encía, que no quiere dejar ir al diente, se opone y sangra un poco más. Luego se asoma otra pinza de extracción, un tanto diferente. El doctor la acomoda bien y empieza otra vez el movimiento pendular para aflojar. Se oye otro pequeño crujido que angustia al paciente.

—No se preocupe, es sólo que ya se separó bien la raíz del hueso. Vamos bien.

El doctor sigue por algunos instantes más el movimiento pendular y se puede observar que suda por el esfuerzo. Daniel entonces siente como la raíz que no quería salir, al fin cede y sale, dejando un pequeño dolor puntual que pronto desaparece y un latido que hace crecer y encogerse su boca. Siente el paladar lleno de sabor a sangre. Luego observa la mirada sonriente y satisfecha del dentista y de nuevo el destello. Ahí está afuera ahora, el diente que tanto lo había torturado desde hacía semanas.

—Muy bien Daniel, es usted un hombre valiente. Ya casi estamos, ahora sólo le voy a poner algunos puntos porque la herida lo amerita, abra la boca por favor.

El doctor cose la herida y al fin deja de maltratar la sufrida boca de Daniel, que la siente del tamaño de la de un caballo. El doctor le da un antibiótico y un analgésico para el dolor, y le dice que lo quiere ver en ocho días, para quitarle los puntos. Luego miramos esa su caries en el otro diente, agrega. Daniel sale entonces de la clínica y entra otro paciente. Paga a la asistente del doctor, habla mediante señas. Mientras espera que la asistente haga la factura y apunte sus datos en el dorso del cheque, escucha ese temible y cruel sonido del taladro dental, al que se tendrá que enfrentar en un par semanas. Recuerda el destello de los dientes del doctor y de sus instrumentos y luego de que recibe su factura sale de prisa, sin voltear a ver, dejando con la palabra en la boca a la asistente del doctor, que le preguntaba para cuándo iba a ser su próxima cita.


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