La cita

Por José Joaquín López

Gloria está enamorada. Gilberto es un hombre muy agradable, inteligente, diez años mayor que ella y en buena posición económica. Un buen partido. No es muy alto ni muy atractivo, pero lo compensa con su buena disposición romántica. El marido de Gloria no sabe nada. Ella todas las tardes se conecta por horas al chat para hablar con Gilberto. Aún no se conocen en persona, a pesar de la insistencia de él. Pero todo le dice a Gloria que él es el indicado para vivir ese sueño romántico que con su marido no tiene ni tendrá.

Gloria lleva 10 años de matrimonio con Juan José, con quien se casó para no estar sola. Ella tenía 27 cuando lo conoció y pensó que ya no vendría nadie más. Juan José era amable, caballero, con un buen empleo. No la hacía suspirar ni soñar, pero parecía buen hombre. Aceptó la propuesta de matrimonio sin demasiado entusiasmo. Quizás con el tiempo aparecería el amor, pensó al principio. Nunca se asomó el amor.  De tenerse un cariño amistoso no han pasado.

No tuvieron hijos porque ella es estéril. Si tan sólo hubieran podido tener uno, pensaba muchas veces, sus noches no serían tan largas y sus desvelos tendrían motivo real. Por esta y por otras razones, el mismo Juan José se había alejado de ella y dormían en cuartos separados. Gloria le descubrió una amante, pero en lugar de molestarse se alegró por él, aunque lo envidió un poco. Muchas veces sin motivo aparente, ella lloraba en la cocina o en la sala, mientras escuchaba música romántica.

Gloria lleva un año sin tener trabajo. Ha enviado su hoja de vida a muchas empresas, pero no ha salido ningún empleo real. Cuando se quedó sin empleo, se convirtió en una vagabunda de internet, saltando de enlace en enlace, aburriéndose cada vez más. No había usado mucho el chat hasta ahora, y si no fuera por su sobrina que se fue becada a México, no habría abierto su perfil de facebook y no hubiera puesto su foto y no hubiera conocido a Gilberto.

Todavía recuerda cuando una tarde, como a las tres, miró una solicitud de amistad de un tal Gilberto, vio su foto, le pareció simpático y aceptó la solicitud. Gilberto siempre dejaba enlaces con videos musicales que a ella le gustaban y empezó a comentar en su perfil. Gilberto después le pidió su dirección de messenger y ahí empezó todo. Gloria sonríe al recordarlo.

Gilberto está separado de su mujer. Ha viajado y conocido gente, y le dice a ella que siente que ella es especial y diferente, que le gustaría conocerla. Llevan así tres meses, pero ella no quiere arriesgarse todavía. Además del chat, él la llama por teléfono, le pregunta cómo está, cómo le fue en la última entrevista de trabajo, cómo siguió de su catarro. La anima, le desea suerte, la hace sentirse importante y querida.

Gloria en realidad no tiene demasiada necesidad de trabajar. De su padre heredó una buena cantidad de dinero que genera todos los meses una buena cantidad en intereses. Pero estar desocupada no le gusta. Nunca le interesó el arte o la ciencia, nunca tuvo un grupo de amigas con quienes practicar el chisme. Toda la gente en realidad terminaba por aburrirla. Intentó ir con un sicólogo, pero éste quiso seducirla.

Gilberto, por otra parte, ha tenido las palabras precisas y la actitud necesaria. Ella se siente enamorada, siente que por fin experimentará qué es el amor verdadero. Aún no se ha atrevido a conocerlo, pero siente que ya es tiempo. Todavía tiene un buen cuerpo y la elegancia que le dejaron las clases de ballet en la niñez y adolescencia. Quizá Gilberto es el último tren en camino a la felicidad.

Una tarde aparece Gilberto en el chat y le dice que hoy es el día. Deben conocerse. Le dice que si no es así, que mejor se olviden uno del otro, que no vale la pena seguir así, sin conocerse, sin verse cara a cara. La cita en un centro comercial, a las cinco en punto. Es ahora o nunca, si hay algo real entre los dos, hoy se sabrá, mañana será demasiado tarde. Debe ser hoy.

Ante el ultimátum de Gilberto, Gloria no tiene más remedio que asistir a la cita. La conversación la emocionó, hasta la hizo sonreír. Por momentos su corazón se aceleró y sintió otra vez la alegría adolescente del enamoramiento. Se pone bonita y ensaya su mejor sonrisa al espejo. Conocerá a su enamorado del chat, habrán chispas de amor por todos lados y se sentirá caminando en las nubes.

Ella llega puntual a la cita. Gilberto no ha llegado. No le gusta eso, ella será la que espera. ¿Y si la deja plantada? Será la ridícula enamorada del tipo del chat. Qué patético. Pero bueno, aún no ha pasado mucho tiempo, no hay que pensar en fatalidades que no han pasado. Mejor respirar profundo y esperar un tiempo prudencial, no hay que ser tan exigentes.

Quince minutos después de la hora pactada aparece por fin Gilberto. Viste un elegante traje y unas relucientes mocasinas. No se mira mal. Al saludarlo ella no atina a decir palabra y Gilberto sonríe. Un torpe beso en la mejilla empieza la cita de la tarde. El se disculpa, tuvo que hacer un trámite de trabajo a última hora y por eso no estuvo puntual. Ella se lo perdona y ya con más confianza le toma el brazo y caminan juntos a la cafetería del comercial.

Durante la plática, al calor de un café expreso, Gloria nota que Gilberto tiene un tic en la ceja izquierda. Esta se levanta cada dos o tres minutos, a veces con un espasmo repetitivo que dura unos cuantos segundos. Gilberto es muy amable con ella, pero trata mal al mesero, con cierto desprecio propio de la clase social alta, prepotente e inculta. Ella empieza a sentirse incómoda.

El le dice que recién viene de tratar con un cliente que invertirá 200.000 dólares en un proyecto inmobiliario nuevo, del que está a cargo. En su empresa aceptan inversiones de 100.000 dólares para arriba, pero si ella está interesada, por la amistad y confianza que le tiene, podría ver si se puede entrar con menos. Es una buena oportunidad, el proyecto es magnífico, y seguro generará buenas ganancias a los inversores. Es de aprovechar.

A Gloria le parece vulgar la manera en que Gilberto habla de negocios y de dinero. Recuerda ahora que le mencionó la herencia de sus padres y que él nunca había hablado de dinero en sus conversaciones de chat y celular. El tic en la ceja izquierda la empieza a desesperar. Toda la ilusión de conocer a alguien genial se desvanece y ella comienza a buscar alguna excusa para irse temprano. Gilberto después de un tiempo de plática se levanta para ir al baño y Gloria aprovecha para pagar la cuenta e irse.

En el camino de regreso a casa Gloria se pregunta cómo puede haber caído de tonta, cómo pudo haber contado toda su vida a un extraño y creerse enamorada. Recuerda las frases cariñosas, las palabras de aliento, los chistes y ocurrencias. Todo parecía tan real. ¿Y si el tipo realmente tenía esas inversiones? Pero ese tic, ese molesto tic de la ceja izquierda, y esa rudeza con el mesero. Ese tic que no se le olvida. Es como si el tipo del chat fuera diferente al de la cita. A mitad del camino a casa Gloria comienza a llorar mientras en la calle llueve en pleno noviembre. Al llegar a casa, busca la botella de vino y bebe un vaso tras otro hasta acabársela.


Categoría(s): Gente

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