La cena

—Debe haber algún error —dijo Marvin en el teléfono—, yo no compré ningún número de ninguna rifa.

Después de intentar explicarle a la implacable señorita marketinera que el afortunado ganador no podía ser él, escucha resignado los detalles de su premio: una cena con todo incluído a que se hizo acreedor él y toda su familia el próximo viernes.

—¿Qué piensa de esto señor Marvin? —interroga la decidida marketinera.

—Pues…

—Bueno, entonces confírmeme algunos datos y dígame cuántas personas asistirán con usted.

Marvin sospecha que detrás de la invitación hay algún tipo de trampa. Pero piensa que una cena en un lugar agradable le puede gustar a su mujer, aunque a veces no se sabe lo que a ella le gusta. Siempre está de mal humor. Confirma los datos que le pide la marketinera y reserva mesa para dos. No ha hecho ningún compromiso económico, así que no hay problema.

Va al dormitorio y encuentra a su mujer sentada frente al espejo, peinándose. Son las siete de la noche, ella saldrá en unos momentos a una fiesta a la que no irá él. Cuando ella escucha la oferta, le dice con desgano:

—Seguro nos quieren vender un paquete de vacaciones.  Andá vos si querés. Pero no vayás a pagar nada ni seas idiota. A vos siempre te miran la cara de pendejo.

Marvin no contesta nada. Se limita a encogerse de hombros. Su mujer se le queda mirando por algunos segundos a través del espejo y finalmente niega con la cabeza y se sigue peinando. Marvin sale del dormitorio en silencio, a pesar de que quisiera gritarle y exigirle que no lo trate siempre de idiota.

—No vayás a ir, pendejo —le advierte.

El viernes por la mañana su jefe lo llama a su despacho. Un cliente devolvió un producto que él empaquetó. El cliente es una mujer que está furiosa, aunque el error es mínimo y salvable. Su jefe le reclama y le dice que si vuelve a cometer otro error similar puede considerarse como despedido, que no sea tan irresponsable y descuidado. Marvin se encoge de hombros y sale del despacho de su jefe en silencio, con respiración agitada. Le gustaría somatar la puerta y no hacer nada el resto del día.

—Por favor reenvía el producto ahora mismo —sentencia su jefe justo antes de que Marvin cruce la puerta.

Para calmarse un poco ingresa al chat, pero no encuentra a nadie. En el facebook tampoco ha pasado nada; no hay ningún comentario o foto nueva. Enmienda el error del empaquetado y despacha el envío sin mucho trámite. Sigue pensando que el error es mínimo y que no había por qué hacer tanto escándalo. Pero el cliente siempre tiene la razón. Frase más idiota, piensa.

Cuando llama al cliente para anunciar el reenvío de mercadería, le toca ahora soportar los airados reclamos de una vieja de voz chillona. Ella le dice que nunca pensó que en esa empresa fueran tan irresponsables, que dejaría de recomendarlos, que era imperdonable que se cometieran errores de ese tipo. Marvin replica que le han atendido durante más de cinco años, y este es el primer reclamo. Además el error no es tan grave.

—Eso no importa —dice la vieja—, yo a usted le pago para hacer las cosas bien.

Marvin respira profundo y reitera las disculpas. La vieja cuelga.

A media tarde llama la marketinera para confirmar su llegada a la cena. Duda algunos instantes, pero piensa que tal vez la cosa no será tan mala, y al fin y al cabo, si su mujer está en casa, habría que aguantar su mal humor de siempre. Una cena gratis lo puede distraer al menos un rato. Avisa entonces que llegará solo.

Después del trabajo sale para el hotel donde lo citaron. Una amable señorita lo atiende, le pregunta su nombre y consulta un libro. Marvin ya tiene hambre. Después de verificar sus datos, la señorita lo conduce hacia un salón pequeño, con una mesa circular, dos personas y un asiento vacío. Un tipo gordo y sonriente y una mujer en sus cuarentas maquillada en exceso. Le dan la bienvenida.

—Antes de pasar a la cena —dice el gordo— le queremos mostrar algunas ofertas que usted no debería perderse.

Le cuentan todo lo que se ahorrará en pasajes de avión, hoteles y restaurantes y le hablan de todas las maravillas que se pueden encontrar en lugares como Cancún, Miami o la Isla Margarita. ¡Con los ahorros que tendrá puede costearse hasta tres viajes más!

Sin darle ningún respiro le lanzan oferta tras oferta. Marvin amablemente dice que no a cada una de las propuestas, pero el gordo insiste y la mujer saca más ofertas que consisten casi siempre en lo mismo, pero con diferente hotel. Por cada intento de Marvin por salir del pequeño salón, hay una nueva oferta que no debería perderse. Lo torturan de esa manera durante casi hora y media.

—Usted ya nos dijo que tiene tarjeta de crédito así que no entiendo por qué no quiere contratar al menos una oferta —insiste el gordo.

—Yo vine porque me ofrecieron una cena como premio.

—Ya tendrá su cena —dice seria la mujer—, firme ya un contrato y se va a comer tranquilo.

Al escuchar esto último, Marvin por fin estalla. Se levanta furibundo y golpea la mesa con un puño.

—¡No tengo dinero para gastar con ustedes! —grita—. Vine porque me dijeron que era un premio, y los escuché ya por una hora y media y no puedo pagar lo que piden, y no me interesa. No tengo por qué contratar nada que no me interese. ¡No quiero saber nada más de sus estúpidas ofertas!

El gordo y la mujer lo miran incrédulos e inmóviles; no atinan a decir palabra. Marvin está temblando de la cólera. El gordo tiene las manos levantadas como queriendo protegerse. La mujer tiene la mano sobre la boca.

—¡Hijos de puta! —exclama Marvin antes de salir del salón somatando la puerta.

Al llegar al parqueo y sentarse en el carro, empieza a reír a carcajadas. Hace mucho que no se sentía tan bien. ¡Había que verle las caras a los idiotas marketineros! Camino a casa se detiene a cenar en un restaurante. Se siente tan liberado que decide que al llegar a casa empacará sus cosas y se irá. Su mujer, que seguramente está revolcándose con su amante, extrañará la tele y el aparato de sonido más que a él. Por fortuna el contrato de alquiler vence en una semana, y Marvin llamará al dueño para decirle que no se renovará.

38 Comments

  1. Venezuela, hoy absorta en el Espíritu de la Navidad se prepara para dar y seguir brindando sus más preciados presentes decembrinos al Ser apreciado, adecuado, inesperado y sorprendido quien no tiene que darnos las gracias al recibirlo, porque somos nosotros quienes se las debemos por aceptarnos nuestro humilde, mejor y sincero obsequio. El mío para todos ustedes, en esta Navidad, la propiamente dicha [la más sublime que la del decir de que: “Todo el año es navidad”], está referido a la obra literaria: “Coloquio bajo la palma”, poema de Andrés Eloy Blanco como exaltación del espíritu de superación del ser humano, de la necesidad de estudiar y prepararse (alumbrarse; como señala el apreciado poeta venezolano A.E.B., tomando la idea de Bolívar: ”Moral y luces son nuestras primeras necesidades”) cuyo contenido poético es del tenor siguiente:
    “(…) Lo que hay que ser es mejor
    y no decir que se es bueno
    ni que se es malo,
    lo que hay que hacer es amar
    lo libre en el ser humano,
    lo que hay que hacer es saber,
    alumbrarse ojos y manos
    y corazón y cabeza
    y después ir alumbrando.
    Lo que hay que hacer es dar más
    sin decir lo que se ha dado,
    lo que hay que dar es un modo
    de no tener demasiado
    y un modo de que otros tengan
    su modo de tener algo,
    trabajo es lo que hay que dar
    y su valor al trabajo
    y al que trabaja en la fábrica
    y al que trabaja en el campo,
    y al que trabaja en la mina
    y al que trabaja en el barco,
    lo que hay que darles es todo,
    luz y sangre, voz y manos,
    y la paz y la alegría
    que han de tener aquí abajo,
    que para las de allá arriba,
    no hay por qué apurarse tanto,
    si ha de ser disposición
    de Dios para el hombre honrado
    darle tierra al darlo a luz,
    darle luz al enterrado.
    Por eso quiero, hijo mío,
    que te des a tus hermanos,
    que para su bien pelees
    y nunca te estés aislado;
    bruto y amado del mundo
    te prefiero a solo y sabio.
    A Dios que me dé tormentos,
    a Dios que me de quebrantos,
    pero que no me de un hijo
    de corazón solitario (…)”
    Autor: Andrés Eloy Blanco.

  2. k buena historia ..sabes a mi me paso algo asi ..yo perdi a una gran parte de mi vida y mi corazon (a mi bebe..) era joven y no tenia trabajo y tengo otros dos bebes mis angeles y la situacion se puso mal para mi,sin trabajo ni dinero y con la perdida de mi bebe inberti los pocos ahorros k tenia en porquerias . si en las famosas piramides de y era en producto muy famoso poro no me quejo del producto o de la compania sino en la mendiga bruja k se aprobecho de mi situasion y necesidad y mientras ella estrenaba carro nuevo yo cai en depresion pero eso ya paso le tube k hechar ganas por mis ninos y hoy en dia le doy gracias a dios por ayudarme y ….cuando ustedes encuentren a este tipo de personas .solo recuerden k no les estan ofreciendo para k compren , sino para k bendan .. si k vendan su vida y esfuerso…cuidensen y saludos….

  3. Lo más imporante que enseña esta historia seria el no contenerse a las inconformidades. Siempre se deberá buscar el propio bienestar.

  4. me gusto la historia, ceo que a nadies les gusta que los paseen con este tipo de cosas o que te quieran vender cosas que no quieres, pero estos ones son tan persistentes que a veces utilizan a muejres muy sensuales para hacer esta labor….y claro caen los nuevos quienes se confroman con miradas seductoras, agarraditas miradas etc jajaja me dan risa

  5. me gusto la historia de principio a fin, la experiencia de liberarse de una vez y por todas de las cosas y personas que nos joden la vida, de verdad que no tiene precio. De vez en cuando hay que atreverse a mandar a la v… las cosas que nos limitan.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *