Intentémoslo otra vez

Por José Joaquín López

En estos momentos usted está frente a la pantalla de la computadora y ha caído aquí por las casualidades de Google o por algún link de otra página o porque usted siempre vuelve por aquí a ver si este su servidor que promete ser un buen blogger (los escritores son un rollo muy aparte y yo con esos nada que ver), al fin cumple con un buen post. Y estará con la mano en el mouse esperando que yo cometa el mínimo herror, que cometa una falta de ortografía o que coloque una coma mal, puesta o que deje algo.

Ya para este segundo párrafo, usted probablemente habrá abandonado la lectura. Y nunca se enterará de que yo se lo dije, precisamente, porque abandonó la lectura. Pero si a pesar de que este post no está diciendo nada, usted sigue leyendo, se lo advierto: usted sigue allí, bajo su cuenta y riesgo. Por si las moscas debería seguir teniendo la mano sobre el mouse, para cambiar de página justo cuando se dé cuenta de que este post es un fallido intento de comunicación.

Es posible, también, que ahorita sean las 10 de la mañana y que en su computadora usted esté oyendo una de las miles de canciones que tiene en mp3, y que a pesar de tener ese montón de rolas, usted oye una y otra vez las mismas 50. También es posible que tenga un teléfono celular a la mano y que en este preciso momento suene y usted vea que es un número desconocido y empiece a ponerse nervioso porque a usted no lo llama nadie que no sea amigo o familia. Y vuelve a mirar el número y trata de recordar si de repente ese número es de alguien conocido. Pero no, no es, y usted duda un momento para contestar y apacha desconfiado el botoncito para recibir la llamada. Y una voz desconocida le pregunta si usted es fulanito y después de que usted dice que sí, amenaza con matar a su ser más querido si no sigue al pie de la letra las instrucciones que le va a dar. Y usted empieza a angustiarse y a sudar frío y piensa solamente en que quiere que su ser querido esté bien, que tiene que hacer todo lo posible para salir de esta. El secuestrador le advierte que no debe llamar a la policía y que estará en comunicación, que él será el que llame. Usted le replica que quiere estar seguro de que su ser querido está bien. El secuestrador contesta que se comunicará en dos horas y que es mejor para usted que conteste. Usted tiene un nudo en la garganta y empieza a temer que en realidad algo malo le pase a su ser querido y empieza a figurarse el dolor que sería que no pudiera rescatarlo.

Y luego que pasan las dos horas, el secuestrador vuelve a llamar y pide 50,000 pesos y usted replica que no los tiene, que sus ahorros apenas llegan a los 15,000, que por favor no le haga nada a su ser querido, que si quiere le da todo lo que tiene, pero que no le haga nada a su ser querido. Y el secuestrador cuelga con un gran golpe del teléfono y usted empieza a sentir una gran desesperación, quiere tirar todo lo que tiene a la mano y se da cuenta de que todas las banalidades como tener carro y conexión a internet y leer estupideces en internet son inútiles y que cambiaría todo por tener a su ser querido a la par, cuando de nuevo suena el teléfono y es el secuestrador que le dice que está bien, que acepta los 15 mil, y le pone a su ser querido a decirle que está bien y que no juegue con los secuestradores y que les de lo que quieren, y el secuestrador interrumpe y le dice que quiere los 15,000 pesos en efectivo en una bolsa de plástico negra y que quiere que los deposite en un bote de basura en el comercial tal dentro de dos horas y que si cumple nada le pasará a su ser querido. Y usted va disparado a sacar el dinero y mira a toda la gente en la calle y en el banco tan tranquila y tan campante y tan espantosamente ajena a su angustia y desesperación. Y va y deposita el dinero en el bote de basura indicado y un hombre grandulón se asoma desde lejos y lo mira y le indica que vaya para el estacionamiento y usted va, mientras otro tipo pequeño corre hacia el bote de basura y recoge la bolsa y le hace señas al otro cuate grandulón que agarra su celular y llama presuroso y le hace señas de que no lo mire y siga al parqueo en donde de un carro de vidrios polarizados baja su ser querido casi tirado por otros dos tipos que arrancan rechinando llantas y que recogen a los otros dos tipos que usted ya había visto. Y usted va y corre y con lágrimas en las mejillas abraza a su ser querido y siente un gran alivio y da gracias a Dios y mira cómo un señor gordo se le queda mirando, tan lejano y tan ajeno a su alegría.

Pero lo más probable es que no haya sucedido nada de esto. Que usted en estos momentos esté maldiciéndome por haber escrito algo tan cruel. O que piense que a lo mejor usted lo hubiera dicho de otra manera, que la forma en que lo hice es una buena idea para narrar pero que no le convence mucho el recurso de la manera en que fue utilizado y que usted habría cambiado el final. O que piense que un secuestro real es mucho más dramático y que apenas si logré rozar un poco esa realidad, aunque tal vez sea un buen intento de principiante. O qué se yo.


Categoría(s): Gente

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