Fiesta de viernes

Por José Joaquín López

Tres meses después de cambiarme a mi nuevo apartamento, mi vecino, que me alquilaba el mismo, se ganó la lotería. Siempre me pareció una buena persona. Se llamaba Gabriel, a secas, como me pidió que lo llamara. Acababa de cumplir cuarenta y no trabajaba, vivía de algunas rentas. Con la noticia de que había ganado la lotería vi rondar la casa a varias personas que nunca había visto. Familiares y amigos que tenía tiempo de no ver se aparecían por su casa. Sin embargo, nadie le sacó dinero porque él tenía sus propios planes.

Cuando yo llegué para ver el apartamento me invitó a una cerveza que acepté encantado porque hacía calor, al tiempo que veíamos en la tele un partido de la Champions League. Después de hacer el papeleo, pagar el depósito y darme la llave, me dijo que si yo no hubiera aceptado la cerveza me hubiera mandado a la mierda. Este país está mal porque la gente no se sienta a tomar una cerveza tranquilamente. Mientras la gente se toma una cerveza y ve un partido de fútbol, afirmaba, no puede estar chingando a nadie.

Gabriel no era realmente un borracho, era un bebedor por placer. No recuerdo haberlo visto con resaca y rara vez se terminaba emborrachando. Por las mañanas salía en su bicicleta a dar vueltas y a veces no aparecía sino hasta el mediodía. Con el problema financiero resuelto, me dijo una vez, sólo falta no malgastar el dinero. No pude menos que estar de acuerdo.

Cuando yo llegué al vecindario su esposa lo acaba de dejar. La mujer no pudo soportar que el tipo no tuviera ambiciones, que no trabajara, que no aspirara a más. Pero también se había ido porque se había conseguido un amante. Eso me lo contó la señora de la tienda. Gabriel no hablaba del tema, y yo prudentemente nunca hice ningún comentario.

Al la semana de haber cambiado el dinero de la lotería, Gabriel organizó una primera fiesta un viernes por la noche. Pidió cerveza y comida, contrató a una discoteca e invitó a sus amigos, familia y algunos vecinos, entre los que me contaba yo. Sin conocer a nadie en la fiesta, después de un par de cervezas, de repente me vi conversando de fútbol en una amena rueda. En esa rueda estaba una mujer, Alicia, quien despertó mi interés porque le iba al equipo contrario al mío. También porque tenía veinte años, era guapa y tenía dos bellas piernas. Era una persona alegre, bromista, con ese especial acento salvadoreño que invita a la alegría.

Me hice amigo de Alicia al instante y poco tiempo después ya éramos amantes. Llegaba todos los viernes a las fiestas de Gabriel. En una de tantas reuniones, ya borracho, terminé hasta cantándole en un portugués lamentable unas canciones brasileñas de las que no sé cómo me acordaba de la letra. El viernes fue el día más deseado en esa época.

De vez en cuando a esas fiestas llegaban prostitutas. Gabriel las escogía de entre sus muy variadas amistades. No supe en ese tiempo si alguna (o la mayoría, o todas) estuvo a sueldo por ahí, pero es más que probable. Afuera, a veces, había uno o dos tipos fumando en actitud desafiante, esperando. Luego salía una de las mujeres y se iban juntos en su carro. Sólo probé una de esas mujeres una vez que no llegó Alicia, porque estaba peleando conmigo.

—¿Te acostaste con una de esas putas de las fiestas del Gabriel?
—No nena, estuve un rato, pero todo era aburrido sin vos.

Fueron seis meses de parrandas todos los viernes, a veces los sábados, hasta que la mujer de Gabriel reapareció. Estuvo en la casa un par de semanas. Los viernes llegaba la gente de siempre, pero el mismo Gabriel les decía que no iba a haber nada. Había regresado la Susan, les decía a todos. Algunos, sus más viejos amigos, lo entendían todo. Los demás se encogían de hombros, y cabizbajos, se iban de regreso a sus casas o a buscar algún bar. Alicia y yo fuimos a un par de discotecas y terminábamos en mi apartamento.

Pero así como Susan regresó, así se volvió a ir. Y regresaron las fiestas, ahora con más furia.

Empezó a llegar más gente y las fiestas ahora las solían animar grupos profesionales en vivo. Había más alcohol. Llegaba gente desconocida, que había sido invitada por el pariente de un amigo del invitado. Sin embargo, nunca hubo ningún incidente que lamentar, toda la gente que llegaba era pacífica.

Con Alicia bailábamos hasta la madrugada, aunque de vez en cuando en lugar de fiesta me hacía ir al cine con ella para ver películas románticas. Ella estudiaba en la universidad así que llegaba al apartamento a estudiar uno o dos días a la semana y se quedaba. Fue un poco como si hubiésemos vivido juntos, como si hubiéramos estado medio casados, pero no.

Gabriel casi siempre estaba con una mujer diferente los viernes. Fueron otros cinco meses de fiestas, ahora más bulliciosas y alegres. El grupo de las fiestas más tranquilas cambió un poco. El anfitrión, sin embargo, no cayó en el alcoholismo y siempre por las mañana su semblante era afable y tranquilo, siempre sin resaca. El comité de vecinos lo empezó a visitar y a preguntar por sus ahora más alegres fiestas. Las que más se oponían eran la secretaria y la tesorera del comité. Sus maridos habían sido vistos muy contentos con las mujeres que llegaban con Gabriel. Sin embargo, el presidente del comité era muy amigo de Gabriel y habitual en las fiestas, así que no pasó a más.

El único incidente que merece contarse fue cuando una vez un tipo, de los desconocidos que llegaban invitados por terceros, sacó su revólver y disparó al aire. Viendo que había asustado a todos, bajó el arma pero sin soltarla y todavía con el dedo en el gatillo. Por pura torpeza de borracho se le salió un tiro mientras trataba de calmar a la gente. El tiro entró por una de las ventanas de la casa pero no hirió a nadie. Ahí acabó la fiesta ese día, con el borracho llorando y pidiendo perdón.

—Te ahuevaste verdá —me dijo Alicia riéndose al día siguiente—. Tenías que haber visto tu cara.
—Pero sólo fue por vos nena.
—Ja.

Un día, sin embargo, reapareció la Susan, un sábado. Esta vez con todas sus maletas. Entró muy temprano de la mañana. Esa vez la fiesta había durado más de lo habitual y habían todavía invitados y no tan invitados bebiendo alcohol y platicando. La casa era un tiradero. Gabriel dormía. Sin decir nada, Susan entró con sus maletas y las fue a dejar a uno de los dormitorios. Después despertó a Gabriel, quien junto a ella invitó amablemente a los presentes a retirarse a sus casas. Una vez los invitados se fueron, entre los que yo me incluía, la pareja se quedó limpiando la casa. No hubo gritos, reclamos, ni palabras de reproche.

Como era de esperarse, llegada la Susan se acabaron las fiestas de viernes. Algunos siguieron llegando, pero se iban de regreso a sus casas. La Susan volvió, les decía.

Alicia, por su parte, terminó sus estudios y se regresó a su casa. Prometió volver. Cuando no llamó ni se comunicó en varios días, me dejé ir a San Salvador. Alguna vez vi su documento de identidad y recordaba la colonia donde vivía, así que fui a buscarla y pregunté a los vecinos hasta dar con la casa. Para qué venís, me dijo, yo sólo te quise en Guatemala, y ya se acabó. Me cerró la puerta en la cara. Desesperado, le envié mensajes por teléfono, email, facebook, twitter, por todos lados. Le hablé a sus amigas del facebook, a su mamá, a su hermano. Nunca respondió y con el tiempo, la desesperación se fue diluyendo.

Surgió la oportunidad de otro empleo en el interior del país y la acepté. Fui a hablar con Gabriel para despedirme y pagar lo que debiera. Me invitó a tomar una cerveza en el jardín. Su mujer no estaba.

—La Susan regresó a tiempo —dijo después de dar un sorbo de la botella—. De no ser por ella, me hubiera acabado todo el dinero de la lotería.

—Salud por eso —respondí.

—Salud.


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