El servicio

Por José Joaquín López

Alfonso llegó retrasado al ensayo de la iglesia. El pastor había citado a los doce pastores auxiliares para el jueves a las seis de la tarde. Todos varones, como los doce apóstoles. Les había indicado que era muy importante, y que además, no contaran a nadie. Después de disculparse y recibir la mirada de reproche del pastor, se integró al grupo. Habría un evento especial el sábado. El pastor dijo que los ingresos de la iglesia habían bajado y que era necesario hacer algo especial para llamar la atención, el nuevo templo lo requería. Cuando Alfonso se enteró de qué iba la cosa, se rió nerviosamente, pero después de ver la mirada seria del pastor, sintió una mezcla de temor y aberración.

Alfonso era un hombre en sus cuarentas que había asistido a la iglesia durante los últimos cinco años. El pastor era un tipo agradable y carismático, y había hecho que gente rica donara mucho dinero. Lo que había atraído mucha gente eran las jornadas de sanación, en la cual gente que llegaba en silla de ruedas de repente echaba a correr. Habían cánceres y tumores desaparecidos, ciegos que volvían a ver. La mayoría de sanados eran gente que venía de otros pueblos. Se les instruía y pagaba para que dijeran una historia atractiva, algunas veces debían llorar, otras desmayarse y sobre todo dar gracias a Dios y al pastor. Nunca hubo un inválido, canceroso o ciego real.

Al principio a Alfonso le chocó la idea de las sanaciones. Pero al llegar a la iglesia ya tenía dos años desempleado, y pensó que el dinero que le ofrecía el pastor no era despreciable. Le pagaban bien por aprenderse de memoria textos de la biblia, contratar a los que serían sanados y organizar algunos servicios a la semana. A veces iba a otros poblados a predicar, y las ofrendas no eran despreciables. Cuando miraba cosas que no parecían muy honradas dentro de la iglesia, pensaba que al fin y al cabo la gente necesita de la religión para creer en algo. El milagro era hacer que la gente se sintiera bien y que tuviera en qué ocuparse los fines de semana.

El pastor había citado a Alfonso y a los pastores auxiliares para un ensayo el jueves por la noche. El sábado iban a hacer un servicio especial y debían hablar y pulir detalles. Los ingresos de la iglesia debían subir un poco para el nuevo templo. Cuando Alfonso llegó al ensayo ya habían hecho la oración del inicio y el pastor se disponía a contarles el plan. Después de escuchar la explicación del pastor, algunos se miraron extrañados. No iba a ser como las otras veces, gente que camina, ciegos que ven. Iba a ser muy extraño.

En la primera parte del servicio el pastor pondría una biblia al centro del altar principal. La biblia iba a ser como una muralla: nadie podría pasar a través de ella, por la fuerza de Dios. Es decir, si Dios no quería, nadie podría pasar de la línea en donde estaba la biblia. Luego de explicar a los asistentes al servicio, el pastor invitaría uno a uno a los pastores auxiliares y a otros miembros de la iglesia a intentar cruzar la línea de la biblia. Nadie podría cruzarla. Cada uno haría como que quería cruzar, pero unos antes y otros después, iban a caer antes de llegar a la línea imaginaria delimitada por la biblia. Al caer, debían fingir algo parecido a un ataque epiléptico. Los pastores se miraron extrañados, pero nadie dijo nada. Lo que vino después fue lo que le hizo pensar a Alfonso que el pastor se había vuelto loco.

Luego de que cayeran, algunos llevarían alkaseltzer en las manos y se lo llevarían a la boca, para fingir que les salía espuma por la boca. Debían gritar como si fueran endemoniados. Otros debían desnudarse totalmente. El pastor se había encargado de contratar a una mujer para que se desnudara y se dejara tocar por los pastores. Luego el encargado del sonido haría sonar por las bocinas un trueno a todo volumen. Cuando el pastor gritara ¡yo te rechazo Satanás!, los pastores debían reaccionar y hacerse los sorprendidos y avergonzados, y recogerían su ropa e irían hacia atrás del altar, para vestirse. Luego regresarían a dar testimonio.

Los pastores auxiliares no podían creerlo. Era demasiado. Hubo murmullos. Uno de ellos dijo que no lo haría, y que se iba en ese momento de la iglesia. Lo siguieron la mayoría, incluido Alfonso. Se quedaron cuatro de los pastores. Afuera de la iglesia, discutieron y compartieron indignación. Alfonso los vio irse uno por uno, pero no se movió. Pensó en lo que les dijo el pastor: si no estaban con él estaban en contra. ¿A dónde iba ir Alfonso si dejaba su única fuente de ingresos? ¿Cómo iba a alimentar a su familia?

Decidió regresar. El pastor lo recibió con un abrazo. Le explicó que quería ponerlos a prueba, a ver si hacían todo por él, si dejaban todo, incluso su pudor por él. Le agradeció el regreso. El ensayo se llevó a cabo y fue de las cosas más extrañas en las que Alfonso había tomado parte en su vida.

Cuando llegó la noche del sábado Alfonso estaba muy nervioso. El viernes había mandado a su familia a otro pueblo, él mismo se encargó de irlos a dejar personalmente. Hacía calor y la iglesia estaba llena. Alfonso, previendo lo peor, le había pedido adelantado su sueldo al pastor la misma noche del jueves. Se reprochaba el haber aceptado aquella aberración. Oró, llorando, oculto en el baño de la iglesia, para que sucediera algo y no se realizara el servicio.

Cuando ya se acercaba la hora, asomaron, temerosos, los otros pastores que habían aceptado participar. Llegó casi al mismo tiempo la mujer contratada para desnudarse. Sin embargo, el pastor no aparecía. Quizá Dios lo había escuchado, pensó Alfonso. No podía llevarse a cabo algo tan denigrante.

Se llegó la hora del servicio, pero el pastor no aparecía. Se decidió que Alfonso comenzara el servicio, en espera de que llegara el pastor. Fue como siempre, algunas sanaciones, alabanza y sermón. Esa noche Alfonso explicó que tenían necesidad de una ofrenda extraordinaria para la construcción del nuevo templo. Se recaudó mucho más de lo esperado. El pastor nunca apareció.

Al día siguiente se supo por el noticiero que el pastor había muerto en un allanamiento de la policía en un pueblo cercano. El sábado al mediodía había una fiesta en la casa de un contrabandista muy buscado. Se le acusaba de lavar dinero, de extorsiones y de contrabando de mercadería robada. Y por supuesto, como a casi todo el mundo que hace dinero de la noche a la mañana, se le acusaba de narcotráfico. El pastor había sido la única persona muerta. Al escuchar a la policía entrar a la casa, se puso nervioso y salió corriendo directamente hacia los policías, y éstos, interpretando que los iba a agredir, dispararon. La noticia consternó a la iglesia y los funerales fueron concurridos.

Dos semanas después, la asamblea de la iglesia decidió que el pastor Alfonso debía quedarse a cargo.


Categoría(s): Sociedad

Tags: ,
Recibe gratis las historias: