El secuestro

Por José Joaquín López

——¡Se robaron a mi hijo! ——dijo Ruth al otro lado del teléfono.

Claudia inmediatamente dejó todo y se fue con ella a la casa. Fernando había llamado a Ruth angustiado, desesperado y casi loco porque se había dormido cinco minutos y al despertar no había encontrado al Gabrielito en la casa. Lo había llamado, gritó y gritó y el nene por ningún lado, las puertas abiertas y el acabose total.

El Gabrielito es la adoración de la familia. Chiquitito y delgadito, con cuatro años y su alegría natural se gana a cualquiera. Cuando Ruth lo lleva a la oficina, todo el mundo gira en torno a él. Claudia iba rezando en el camino, porque los milagros no existen, pero hay que inventárselos para seguir viviendo. No era hora de presumir de valientes ateísmos.

Mientras Claudia y Ruth llegaban a la casa, atrasadas por un accidente en la carretera, Fernando se encargó de avisarle a todo el mundo. Los vigilantes de la garita del condominio estaban en alerta para no dejar salir a ninguno. La gente estaba indignada y juraba que al encontrar al secuestrador, lo lincharía sin piedad. El papá de Ruth tiene un cargo importante en la policía y no iba de ninguna manera a dejar que el o los desgraciados se salieran con la suya.

Ya el cuerpo de policía más cercano estaba al tanto de la situación. Toda la gente que salía era interrogada y registrada en la garita y habían vecinos buscando por todas partes al o los maleantes, no era posible seguir permitiendo tanta maldad y menos con un pequeño inocente.

Fernando en su desesperación no atinaba a hacer nada. Volvía a ver a la sala y los dormitorios, la cocina. Salía de la casa y volvía a entrar. De repente, revolviendo cosas por todos lados, movió el edredón que estaba en el corralito que ya le queda pequeño al nene. Y allí estaba el Gabrielito, profundamente dormido, sano y salvo. Como el edredón es grande y el niño pequeño, no se notaba que estuviera debajo de él. Llegaron Ruth y Claudia, Ruth llorando desconsoladamente y Claudia tratando de conservar la calma, a encontrarse con un Fernando que había envejecido diez años en media hora y con un Gabrielito extrañado con tanto movimiento, diciendo que estaba cuidando su corral.


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