El inconforme

Por José Joaquín López

Un día de lluvia Gabriel mira desde el segundo piso, por la ventana de su dormitorio, hacia la calle. Un par de muchachas pasan presurosas mientras se tapan la cabeza con sus bolsas y ríen, un perro soporta estoicamente la lluvia y un carro salpica la puerta de enfrente al pasar por un charco. Enfermo de gripe, Gabriel no fue al trabajo y está solo en casa. Alicia, su mujer, salió muy temprano con los niños y no volverá con ellos sino hasta el final de la tarde. Antes de asomarse a la ventana y ver llover, Gabriel sintonizó la tele, la radio, intentó leer el periódico y un libro, pero nada le logró quitar la angustia que siente, esa sensación de no estar viviendo la vida que quisiera vivir.

Gabriel, un treintañero trabajador y buena gente, tiene serias dudas de si su vida es realmente lo que él quiere y no lo que quieren los demás que sea. Por fuera todo parece muy bueno: una buena mujer, dos hijos hermosos y un buen empleo. Los amigos y familia que lo conocen admiran sus logros y no pocos envidian la felicidad que aparenta junto a su mujer. Pero a él le siguen asaltando las dudas siempre, sobre si las decisiones que tomó realmente eran las correctas, si de haber seguido otro camino sería realmente feliz.

Vuelven, cuando tiene esos episodios de depresión, dos eventos que marcaron su vida. El primero fue cuando a pesar de querer con locura a su novia de la universidad, decidió dejarla e ir a estudiar a Japón. No creyó en el amor de lejos, y haciéndose el fuerte, le anunció que la dejaba una tarde de agosto, en un restaurante McDonald’s, cuando afuera había una terrible tempestad. Ella lloró mucho, y le dijo algo que nunca se le olvidará: “si vos quisieras, siempre habría una manera de que resultara”.

Al regresar del Japón, la vino a encontrar casada y aparentemente, feliz. El se había ido con la idea de que era todavía muy joven y conseguiría de nuevo a alguien que realmente lo volviera loco. Pero nunca había sido enamoradizo, y confirmó que amar con locura y ser correspondido sucede muy pocas veces en la vida, y con frecuencia, sólo una vez.

Cada vez que regresaba de los paseos dominicales, al llegar a la casa, tenía una pequeña depresión. Y cuando se quedaba solo, así como ahora por la gripe, la depresión lo visitaba. A veces era angustia, angustia de haberse metido a vivir una vida que no era lo que realmente quería, de haber hecho todo racionalmente, casarse con una mujer tranquila, pero sin gracia, tener un buen empleo estable, pero rutinario. A veces la depresión se atenuaba con películas del cable, con resúmenes deportivos o noticieros, con chats con desconocidos en otros países. Otras veces, le ayudaba tomar algunos whiskys.

El segundo evento fue cuando decidió dejar la música. De adolescente había sido violinista en una orquesta juvenil. Sus profesores decían que tenía talento. Ensayaba muy duro todos los días y disfrutaba como nadie los días en que tenía concierto. Ah, esos años, esas visitas al interior del país y a otros países, las aventuras que se vivían, sonríe al recordar. Por momentos, durante sus depresiones, le entraba la angustia de saber que esos años nunca volverán. Cuando entró a la universidad, su papá le dio a escoger: la carrera o la música, pero no las dos. Con dolor decidió lo que le daría un buen futuro, economía. Era bueno en matemáticas y gracias a las conexiones de su papá y sus estudios en Japón, había conseguido un puesto muy importante en una transnacional. Lo que parecía indicar que había escogido bien.

Otras veces estaba contento, se alegraba de sus logros y pensaba que su mujer no era la octava maravilla, pero era buena. Que muchos quisieran tener la soltura económica que él tenía. Pero siempre el demonio de la inconformidad lo atrapaba y lo terminaba por amargar.

De las amistades de adolescente había conservado la de Andrés, violinista de la Sinfónica Nacional y hombre de buena charla y gran humor. Llegaba a su casa de visita con su mujer y pasaban grandes momentos. Andrés se ganaba la vida de músico y siempre dijo que había sido su mejor elección, que no se miraba haciendo nada más. Cuando su amigo cruzaba la puerta, Gabriel se sentía mal, nunca había pensado que realmente se pudiera vivir de lo que más le gustara hacer.

Cualquier decepción pequeña o grande desembocaba para Gabriel en uno de estos dos pensamientos. Había intentado encontrar la locura con un par de amantes, pero sólo hacían que se sintiera más solo, inútilmente había buscado una mujer que lo rescatara del tedio y la inconformidad. No existía tal mujer.

Cuando estaba con sus hijos, cuando iba a pasear con ellos y reían, cuando hacían las tareas juntos, los pensamientos negativos parecían desvanecerse y se asomaba algo parecido a la felicidad. Pero cuando los niños dormían o estaban en el colegio, no había con quien jugar, con quien entretenerse para no pensar en las cosas que lo amargaban.

Muchas veces había decidido que tenía que ser feliz con lo que tenía, que no era poco, si bien se miraba. Que debía dejar atrás el pasado y concentrarse en vivir el presente y programar el futuro, que no había por qué tener dudas. Sus elecciones estaban hechas, quién sabe si hubiera sido peor de otra forma, si aunque hubiera elegido con el corazón igual su vida sería aburrida.

Dándole vueltas a estos y a muchos otros pensamientos, después del almuerzo se duerme, acurrucado por lluvia de septiembre. La gripe parece ir cediendo. Se despierta de mejor ánimo y escucha llegar a su familia aún en la cama. Su hijo menor le trae una tarjeta hecha por él a mano, que le desea que se ponga mejor, su mujer le trajo antigripales y su mamá llamó para saber cómo había seguido. Durante la cena aparecen las risas y el buen ambiente, cesa la lluvia y queda fresca la noche. Los niños se van a acostar. Y como muchas otras veces, al verse querido y apreciado, volvió a proponerse ser feliz, enamorarse al fin de su trabajo y de su mujer y olvidarse de decisiones que no se tomaron, de riesgos que no se quisieron correr.


Categoría(s): Gente

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