El héroe de leyenda urbana

Por José Joaquín López

A la casa viene a veces don Nicolás, un maestro de obra que nos hace trabajos de fontanería y albañilería. Ronda ya los cincuenta y es ameno para platicar. Aunque hace tiempo que lo conozco no había platicado con él mucho, hasta el otro día cuando me contó algunas de sus historias.

—Mire esta cicatriz, don José —me dijo, levantándose un poco la camisa—. Fue la vez que me dejaron sin riñón, sólo Dios sabe cómo sobreviví.

—Cuénteme don Nico —le contesté, interesado y sorprendido.

—Pues verá, hace unos 10 años yo estaba echado a la perdición. En ese tiempo me había dejado mi mujer. Me gustaba ir de cantina en cantina e ir a visitar a las mujeres alegres. Un día que regresaba de una construcción, en una puerta de casa estaba parada una mujer muy guapa. Me dio las buenas tardes con una hermosa sonrisa, como si se estuviera poniendo el sol en sus labios. Yo me sorprendí de que una bonita se hubiera tomado la molestia de saludarme, yo sé que esas mujeres buscan otro tipo de hombres, que estén a su altura.

Al siguiente día me saludó de nuevo y me preguntó que si yo podía hacerle un trabajito de fontanería en su casa. Ah, por ahí iba la cosa, pensé. Después me dijo que no tenía cómo pagarme, pero que podíamos entendernos, y se puso coqueta y se pasó la lengua sobre los labios. Bueno, pensé, que sea lo que Dios quiera. Y entré a su casa.

Me mostró un chorro que estaba descompuesto y en menos de quince minutos yo ya lo tenía arreglado, yo soy bueno para los chapuces. Entonces tenía que venir el pago… Cuando le avisé que había terminado, salió de su cuarto con un camisoncito alborotador, y bueno, uno de hombre, qué va a hacer uno pues, tuve que hacer lo que me tocaba.

—Bueno don Nico, pero entonces le fue bien, de qué se queja.

—Es que todavía no he terminado —me respondió muy serio—, lo malo vino después. Ella después de lo que hicimos me ofreció un cafecito. Por supuesto que acepté, yo soy caballero. Después de tomarme el café no supe nada más, aparecí al otro día con esta herida, desangrándome, en un basurero. El doctor del hospital me dijo que me habían sacado el riñón izquierdo. Sólo por Dios que es tan grande, estoy todavía vivo y puedo contarla.

—Y a la mujer que lo sedujo, ¿no la buscó para reclamarle su riñón?

—Regresé un par de semanas después para ver si la veía, pero la casa estaba vacía, así me dijeron los vecinos.

Don Nico lucía un tanto triste por su suerte. Le ofrecí una gaseosa fría, porque ya había trabajado toda la mañana. Aceptó de buena gana y seguimos nuestra charla, me dijo que me iba a contar sobre la vez de la parada en el semáforo.

—Esto sucedió no hace mucho, don José —dijo mirándome a los ojos—, usté que se maneja por la zona 9, debe tener cuidado. Dios no quiera que le pase, porque es feo, y uno siente que ahí se termina todo.

—Ya he oído lo de la ruleta de los narcos en los semáforos, pero me parece inventado todo eso.

—¡Qué va! Si no me hubiera pasado a mí, yo no lo creería. Ibamos con el ingeniero Salazar por la octava calle de la zona nueve, y quedamos atrás de una camioneta de lujo negra, que era el primer carro que estaba frente al semáforo. Era mediodía y había mucho calor y el ingeniero estaba molesto por un material que no nos habían entregado a tiempo. Ese día yo había ido temprano a saludar a mi mamá y me había dicho, como si fuera un presentimiento, que me cuidara mucho, que algo me podría pasar. Vaya mama, le dije, y no pensé mucho en el asunto.

Cuando el semáforo dio verde, la camioneta negra no arrancó y vi que el ingeniero se molestaba e iba a pitar con la bocina. Ese ingeniero es mero desesperado. Me recordé de las palabras de mi madrecita y le dije que se calmara, que algo malo podría ocurrir. El ingeniero me hizo caso de mala gana. Como el pickup no tiene aire acondicionado, el calor se encerraba y él se desesperaba más. La camioneta se quedó quieta todo el verde del semáforo. Los carros de atrás de nosotros bocinaban pero el ingeniero se contuvo. Al otro verde nos vamos inge, tranquilo, le dije yo. Llegó el siguiente verde, pero la camioneta no se movió, ni parecía que se fuera a mover. El ingeniero hizo maniobra para intentar rebasarlo, pero como había tráfico no pudo, y yo le dije, esto no me huele bien, no se le ocurra bocinar, y él, ya un poco asustado también, me hizo caso. Pasó el verde y llegó de nuevo el rojo del semáforo.

Se abrió la puerta de piloto de la camioneta negra. El ingeniero subió el vidrio de su ventanilla hasta cerrarla. El tipo que bajó estaba vestido de pantalón negro y camisa negra, y tenía dos pistolonas al cinto. Se acercó hacia la ventana del piloto, y como el pickup tiene vidrios polarizados, pegó la cara para vernos. Cuando nos vió, empezó a tocar la ventanilla con su pistola, y yo pensé, ya nos jodieron. El ingeniero no tuvo más que bajar la ventanilla y el tipo nos dijo que con su amigo tenían una apuesta. Si hubiéramos pitado con la bocina, nos mataban, pero como no lo habíamos hecho, nos daba los cien dólares que habían apostado. Después se volvió a montar en la camioneta negra y al dar verde, se fue.

—¡Qué susto don Nico! Qué bueno que no le pasó nada, estuvo cerca.

—Sí, gracias a Dios —dijo tomando un sorbo de su coca cola—, nos salvamos con el ingeniero de esa. Por eso le digo que tenga cuidado, uno nunca sabe.

—Si, nunca se sabe.

—Si a usté le gusta ir a comerciales también hay que tener cuidado —soltó después de un momento de silencio—. Yo por eso no vuelvo a ir al comercial ese Miraflores, que le dicen.

—¿Qué le pasó ahí pues don Nico? Que yo sepa, Miraflores es tranquilo.

—Será lo que usté diga, pero yo sé lo que me pasó y no lo voy a olvidar. Resulta que un día yo quería cobrar un cheque, pero era domingo. Me dijeron que en ese comercial abren los bancos también los domingos, así que me metí a esa cosa, ojalá no lo hubiera hecho. Qué bonito todo, es cierto, hay muchas cosas en las vitrinas y señoritas muy guapas que caminan por ahí. Después de cobrar mi chequecito, me puse a babosear un rato viendo vitrinas, porque para comprar no hay pisto. Me fui a comer una mi hamburguesa y una mi agua. Ya estaba para irme cuando me dieron ganas de ir al baño, y como todo era muy bonito, pensé, los baños deben estar chileros. Así que fui, y a la salida del baño, me encuentro tirado un billete de cien quetzales. Qué suerte, dije yo, y entonces lo recogí. Casi al nomás recogerlo, se me durmió la mano y todo me dio vueltas. No supe de mí, y ya cuando sentí ya era casi de noche y estaba en el suelo del baño, sin pantalón, sin zapatos. Y lo peor de todo, sin pisto. Con mucha vergüenza salí y pedí ayuda a los policías del comercial. No me creyeron, pero me consiguieron un pantalón y unos zapatos y me dieron para mi camioneta.

—¿No le pasó nada más, don Nico?

—No… Gracias a Dios no tocaron mi parte de atrás.

Don Nico tomó el último sorbo de coca cola y me agradeció. Al levantarse se tomó el vientre con las manos e hizo muecas de dolor, yo le intenté tomar el brazo por si necesitaba ayuda, pero me dijo con señas que no necesitaba. Le pagué lo que habíamos acordado por el trabajo del día, y le dije que lo esperaba al día siguiente, para hacer otros trabajos. Con la frente en alto salió de casa, pero después de cruzar la puerta se volteó y me dijo que si no le podía adelantar 50 quetzales de lo de mañana, que estaba un poco apretado de pisto. Se los dí, todavía sorprendido de su mala suerte. Al otro día no se presentó, y no fue sino hasta un mes después que lo logré localizar. Llegó a la casa de nuevo, y me contó que el día en que habíamos quedado, había acompañado a su cuñado a una gasolinera para llenar el tanque de gasolina, porque se iba de viaje. Su cuñado imprudente dejó el celular encima del carro y justo cuando echaba gasolina entró una llamada, que contestó. Entonces agarró fuego su cuñado y sufrió quemaduras graves, de tercer grado. Gracias a Dios, a don Nico no le había pasado nada.


Categoría(s): Gente

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