El celular

Por José Joaquín López

Son las siete de la mañana del domingo y Gustavo ya está listo para ir a la iglesia. Sus dos hermanas y sus papás corren por toda la casa buscando ropa, zapatos, lociones, bolsas, peines y celulares. Luego de algunos minutos, el siguiente en estar listo es su papá. Ambos se sientan en el sofá de la sala y sonríen cómplices al ver a la hija grande, que se ha puesto un zapato de uno y otro de otro. En un instante el padre mira a Gustavo y lo siente extraño, hoy no regaña a sus hermanas por la tardanza, no se muestra ansioso y tiene un semblante tranquilo. Recuerda entonces el porqué. Hoy, después del servicio en la iglesia, Gustavo irá a comprar un celular nuevo.

La familia se encamina a la iglesia. A través de los vidrios del carro se mira una mañana soleada. La hija pequeña comienza a cantar una canción que le enseñaron en el colegio.

Cinco pececitos nadaban y nadaban,
vino un tiburón y a uno se comió.
cuatro pececitos nadaban y nadaban,
vino un tiburón y a uno se comió.

Al oír a la niña, al padre le entra una extraña sensación de fatalidad. Prefiere pensar en que en un día tan bonito nada puede pasar, quizás sea cuestión de leer menos periódicos o no ver el noticiero de la noche. Tantas noticias malas le han de haber provocado esa sensación de fatalidad. Gustavo en el asiento de atrás le hace cosquillas a la hija pequeña, que ríe contenta, mientras la grande intenta aprovechar algunos minutos más de sueño. Tiene la boca bien abierta de lo dormida que está.

Ya en la iglesia, los padres de Gustavo saludan a las familias amigas y los niños juegan en el patio. Gustavo espera a ver a Sandra, una de las jóvenes del grupo de los sábados. Le contará a ella que hoy comprará un nuevo celular y le enviará un mensaje nomás lo tenga. No será un iPhone o una Blackberry, pero tiene una pantalla touch y está chilero. Ese celular es el fruto de su trabajo en las vacaciones, ahorros en su mesada, y regalos en efectivo para su cumpleaños.

Pero los minutos pasan y Sandra no llega. El servicio va a comenzar y a Gustavo no le queda más que entrar a la iglesia, lamentándose no haberla visto. La busca en las bancas, voltea a ver pero no la mira, quizás hoy no venga, piensa. Pero por ahí, después de las canciones de introducción, Sandra llega a la iglesia. Lleva puesto una blusa verde, un pantalón negro. Su pelo suelto brilla puro comercial de la tele. La busca con la mirada para saludar, y ella lo mira. Le sonríe.

El pastor en su prédica le dice a sus feligreses que Dios quiere que seamos prósperos, que vivamos en abundancia, que seremos bendecidos si creemos y damos testimonio. Dios quiere que seamos felices. Pero debemos recordarnos de Él y ofrendar para tener una cuenta en el cielo, para cuando dejemos esta tierra. Gustavo asiente, levanta la mano derecha diciendo amén y piensa en su celular touch y en el primer mensaje de texto que le enviará a Sandra la bella, como él la llama.

Después del servicio, en la puerta de la iglesia, Gustavo se encuentra con Sandra. Le cuenta de la compra que hará por la tarde, un celular bien chilero con pantalla touch. Sandra sonríe coqueta y le dice que está bueno, que le envíe el mensaje de texto, ella todavía tiene un poco de saldo para contestarle. Al darle el beso y abrazo de despedida, Gustavo aprovecha para oler el aroma de su princesa.

Dos pececitos nadaban y nadaban,
vino un tiburón y a uno se comió.
Un pececito nadaba y nadaba,
vino un tiburón y se lo comió.

La familia almuerza en un comercial. La hija mayor quiere pizza, la menor quiere hamburguesa, mamá y papá comerán pollo frito. Gustavo les dice que prefiere ir a comprar su celular a una de las tiendas, que luego comerá rápido o pedirá para llevar a la casa. Camino a la tienda de celulares, piensa en que también actualizará ahora su estado de Facebook desde el celular. A veces no entiende por qué a la gente le encanta contar que está comiendo en tal lado, o que se levantó de malas, o que hay frío o calor, buenos días, buenas noches. Pero él no se quiere quedar afuera. A la noche, justo antes de dormir, enviará un mensaje para actualizar su Facebook, diciendo buenas nochesss. Con suerte Sandra esté conectada y le responda con un emoticon sonriente.

Gustavo entra en la tienda y pide directamente, sin ceremonias, el celular que quiere. Un muchacho que se mira buena onda lo atiende, toma el celular que quiere su cliente, le ingresa saldo y se lo entrega al adolescente impaciente. Prueba a llamar a su papá y le cuenta que ya tiene el celular nuevo. Luego escribe un mensaje de texto para Sandra: hola! ya tngo el nvo cel stoy n miraflrs. Para su sorpresa, al salir de la tienda, recibe respuesta de Sandra: k bn! yo stoy n peri, pq no venis? Gustavo casi pega un brinco de alegría, ella está en un comercial cercano y quiere verlo.

Después de ponerse de acuerdo con sus papás, que harán unas compras, sale caminando al otro comercial, que está al otro lado de la carretera a algunas cuadras de distancia. Va muy emocionado con su nuevo celular en la mano, tiene una cámara de un montón de pixeles y mp3 y una memoria de dos gigas. Verá a Sandra además. No se puede pedir mejor domingo. Decide cruzar la carretera sin subir a la pasarela. Cuando comienza la carrera para llegar al arriate central, de repente escucha que alguien grita ¡cuidado! y voltea ver confundido, mientras una camioneta agrícola lo golpea y lo envía varios metros por los aires. Antes de caer en el asfalto, Gustavo escucha a su hermana cantar un pececito nadaba y nadaba, vino un tiburón y se lo comió. El celular sale también volando. Lo recoge un muchacho que se lo mete a la bolsa del pantalón y sigue caminando, como si no hubiera pasado nada.


Categoría(s): Sociedad

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