Buenas nuevas

Por José Joaquín López

Tres de la tarde en una colonia mixqueña cercana al límite con la ciudad de Guatemala. Yo estoy calentando mi almuerzo en el microondas y llegando tarde al partido del Barça contra el Betis por la tele. Me entero de que va perdiendo el Barça por un gol cuando está iniciando el segundo tiempo del partido. Me siento a la mesa a comer y a esperar que el Barça empate o que por lo menos Ronaldinho haga una de esas de jugadas diferentes que le hacen ganar tantos millones pero que en el mundial ni señas dieron. La cosa no se mira bien para los blaugranas, entonces suena el timbre y pese a un extraño presentimiento contesto el intercomunicador, para mi maldición.

—Buenas tardes, somos testigos de Jehová, mi nombre es Elder.

—Buenas tardes —contesto, lacónico y enfático, con la boca llena de una tortita de carne, acompañada de arroz y tortilla de maíz.

—Tal vez nos permita pasar a darle un mensaje de salvación.

—Yo ahorita estoy almorzando.

—Bueno, entonces cuando termine de almorzar. Tal vez podamos venir en una hora.

—Después tengo que trabajar.

—Entonces tal vez nos reciba en la noche, si quiere.

—No, no tengo tiempo.

—¿Qué edad tiene usted?

—32 años.

—¡Uh, ya está grande!

Después de ese golpe bajo a mi orgullo sigue un silencio que espero interprete el infantil de kinder que está al otro lado del intercomunicador. Rafa Márquez anota de cabeza el gol del empate para el Barça y yo no puedo celebrar con los brazos levantados porque ahí afuera está un niño de pañales que piensa que soy un pobre pagano de la tercera edad a quien va a salvar vendiéndole un par de atalayas.

—¿Sabía que viene un gran tribulación para la humanidad y que en la palabra está escrito?

—Mirá —le digo al cuate, ya molesto—, yo me sé la biblia de memoria, pero no practico ninguna religión, ni me interesa.

—Pero usted cree en Dios y en Jesucristo.

Tengo la tentación de decirle que soy feligrés de una secta satánica para espantarlo, pero mejor no se lo digo porque ese tipo de rumores corren rápido y no tardarían los vecinos en empezar a mirarme con más desconfianza de la habitual.

—Sí creo, pero no vamos a coincidir en nada. (¡Además me dijiste viejo, puberto infeliz!)

—Tal vez podamos venir en la noche u otro día —insiste el empecinado chirís, y casi puedo escuchar cómo le da sorbo a su biberón.

—No, no me interesa.

—Entonces tal vez nos pueda dar su número de teléfono.

Entre dientes, lo más rápido posible, le doy mi número de celular. Con esto al fin me deshago del tal Elder y puedo volver a comer y al partido del Barça, no sin maldecirlo a él y a su madre por decirme viejo y por hacerme perder el gol de Rafa Márquez. Entra Xavi sustituyendo a Giuly. Y me paso el resto del encuentro esperando inútilmente alguna jugada, algún gol, alguna fanática desnuda corriendo por el campo o cualquier cosa que me haga olvidar que dentro de poco seré un anciano decrépito y aburrido, mientras por la calle se pasean los testigos de jehová, presumiendo de juventud, con sus atalayas y sus apocalipsis y su extraña manera de arruinar las tibias tardes soleadas de enero en Guatemala.


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