Asesinos

Por José Joaquín López

Ser asesino en serie en un país de tercer mundo tiene sus claras ventajas. De eso nos aprovechamos con el Paul cuando desaparecimos a aquella mosquita muerta igualada. Esa fue la primera vez. David —me dijo Paul temblando aquella tarde—, qué bien se siente todo esto, tenemos que repetirlo. Tenía las manos llenas de sangre y una sonrisa estúpida que nunca le había visto. El cuerpo de la Mary estaba en el suelo; ella todavía con los ojos abiertos y el grito en la boca. Sí, le contesté, esto apenas empieza.

Desde el principio supe que al final tenía que desaparecer Paul. Sabía que tarde o temprano él sería una carga, que no era tan calculador ni precavido como yo. Sin embargo en ese momento era el compañero ideal; los dos teníamos ese instinto que nos hacía cómplices. Mary, la primera que cayó, era alumna del colegio en donde estudiábamos; pero no era de acá de la capital, ella había venido del interior y vivía de huésped en una casa, con otras estudiantes. No era especialmente atractiva, pero tampoco dejaba de tener lo suyo. Paul fue el primero que le cayó en un recreo, ella estaba en cuarto bachillerato mientras nosotros estábamos en quinto. Era tímida y solitaria, y a veces en los recreos se iba a la biblioteca a leer. Por eso también era la víctima ideal. Paul se propuso ser amigo de ella, pero la Mary no le daba mayor oportunidad de acercarse.

Pensamos que con un poco de atención se sentiría halagada y eso podía hacer que cediera un poco. Todos tenemos debilidad por las personas que nos admiran. Y así sucedió, ella le tomó confianza. Entonces no perdimos el tiempo y Paul la citó en el parque que quedaba a algunas cuadras del colegio, y allí los dos la esperamos. Él le dijo que yo iba para enseñarles un lugar muy bonito y poco visitado: una cascada al fondo del barranco.  Sería una pequeña aventura que recordaríamos siempre. Ella se tragó todo y gustosa iba de la mano de Paul. Era tan pendeja que se miraba estúpidamente feliz.

Al llegar al fondo del barranco, lo único que había era un río de aguas negras. Nos hicimos los extrañados con el Paul, y nos sentamos en unas rocas de por ahí. Saqué una botella de ron que llevaba en la mochila y tomamos los dos un buen sorbo, ante la mirada desconfiada de la Mary. Cinco minutos después, la golpeé en la cara tratando de que se desmayara, pero la idiota salió corriendo. Fue Paul el que la detuvo sacando el cuchillo de cazador que había tomado de la casa de su tío. Le metió la primera cuchillada en la barriga y giró el cuchillo adentro. La sangre, escandalosa, empapó el uniforme de la Mary. Nos miraba asustada y llorando. Yo tomé el suéter de ella y le tapé la boca y la nariz, hasta que dejó de respirar.

Aunque nos asustamos, estábamos acelerados por la adrenalina. Era una sensación extraña, de poder, de euforia. Saber que podés decidir quién se va y cuándo. Se me ocurrió dejar una bolsita de mariguana en la mochila de la Mary; así al otro día la policía diría que era una drogadicta o narcotraficante, y toda la gente se olvidaría del asunto. La gente en Guatemala protesta en Facebook si en el zoológico le van a dar menos comida a los animales, pero no le importa mucho si se muere otra drogadicta, aunque no lo sea.

Y así sucedió. En un diario de nota roja salió a los dos días “Drogadicta es hallada  muerta en un barranco”. El texto de la nota decía que era posible que debiera dinero o cosas así. Nadie en el colegio preguntó nada, la Mary no era de muchos amigos. Era un poco la rechazada de su clase, así que nadie lamentó demasiado la noticia. Eso sí, impactó. Las patojas miraban para todos lados a la salida del colegio, y durante un par de semanas todo mundo fue más cuidadoso. Después todo mundo se olvidó, como pasa siempre.

Como nadie nos vio ese día, nunca sospecharon de nosotros. Además, éramos buenos en las clases. Memorizar nunca me costó, lo que aturde es tanta tarea inútil que le dejan a uno en el colegio. ¿Para qué chingados sirve saber que el río Rin está en Europa? Pero bueno, hay que adaptarse si uno quiere pasar a otra cosa. Mientras no se inventen algo mejor hay que hacerle huevos.

A pesar de que nos despachamos con el Paul a otras cuatro en el año, nunca volví a sentir lo de la primera vez. Lo que hicimos siempre bien fue escoger a la muchacha. Bueno, en realidad yo escogía. Buscábamos que no tuvieran familia, que fueran del interior, que fueran putas o tuvieran trabajos de menor categoría. Nadie extraña a los insignificantes. Yo era el que ponía especial cuidado en esos detalles. El Paul era muy impulsivo, descuidado. Me tocaba detenerlo porque no es que la policía te persiga, pero de repente sale algún investigador que sí hace su trabajo y te empiezan a chingar.

Lo malo de ser asesino en serie en un país de tercer mundo es que no tenés reconocimiento. En los países desarrollados la policía y la prensa hacen alboroto, e incluso persiguen por años a los asesinos. A los gringos les encanta hacer películas y series de televisión de los asesinos. Los adoran. Son reconocidos. Eso no sucede acá.

Antes de empezar con todo, éramos buenos cuates con el Paul. Compartíamos varias rarezas, como que nos gustaba encerrarnos en mi cuarto a gritar puros locos hasta que nos quedábamos afónicos. O que aquel coleccionaba ratas muertas y yo patas de gatos. Pero cuando nos despachamos a la segunda -una putía de la dieciocho calle- de un solo disparo en la cabeza, se empezó a poner mula. El imbécil quería “salir de caza” todas las lunas llenas, y ver qué salía. No seás idiota, le decía siempre, hay que escoger, no vaya a ser que matés a la hija de un narco o de un policía.

Así que poco a poco me fui aburriendo de tener que controlarlo. Después de que dejamos en el barranco a la quinta mosca muerta, le dije que ya no iba a cazar con él. Que si quería seguir en el rollo que fuera por su cuenta, pero conmigo ya nada. Se puso al brinco entonces. Me empezó a gritar que yo nunca hubiera tenidos los huevos de hacer todo solo, que le debía mucho, que me iba a chillar a la policía. Hablaba y hablaba el maldito, no se callaba, gritaba y escupía al gritar, me decía todos los insultos que podía. Por más que yo intentaba callarlo y calmarlo, el hijo de puta seguía puro energúmeno descontrolado diciendo cualquier cosa. Hasta que me aburrió y le dije, está bien Paul, busquemos otra mañana, tranquilo. Lo que pasa es que vos sos muy descuidado, no todos los días se puede hacer esto hombre, agarrá la onda. Se fue calmando pero igual seguía puteándome y hablando estupideces. Cuando por fin se calmó, agarré su cuchillo de cazador y le corté toda la garganta agarrándolo por atrás, para no mancharme.


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