Amor eterno

Por José Joaquín López

El año pasado, en la entrada al Periférico por la Avenida Elena, apareció un día una ofrenda floral con la leyenda «Amor Eterno», al día siguiente una nueva, y al día siguiente otra. La gente que pasaba por el lugar se dio cuenta y se formaron dos bandos: los realistas, que esperaban que se acabara el amor eterno y los románticos, que esperaban ver nuevas flores todos los días.

Las flores las iba a dejar una joven mujer que durante los primeros días depositaba el arreglo con llanto amargo. Se persignaba y se quedaba en el lugar rezando durante algunos minutos, luego se marchaba perdiéndose por la Avenida Elena. Sin saberlo, su desconsuelo la convirtió en heroína para la gente que esperaba ver las flores y la leyenda todos los días, algunos con la esperanza de que alguien los ame así alguna vez, por encima de las dificultades y el tiempo, contra todo pronóstico. Los realistas en cambio, conocedores de los vaivenes de la vida, esperaban que acabara el amor eterno una vez la pobre mujer hallara consuelo.

El hombre por quien lloraba nuestra heroína había muerto en una trifulca de narcotraficantes, baleado dentro de su carro. El suceso apareció en la prensa y se dijo su nombre, pero casi nadie conectó al narco con las flores del amor eterno. Así, día a día la gente que pasaba a pie, en bus o en carro, esperaba que el amor eterno triunfara de nuevo, o que terminara, como terminan todos. «Ahí está el amor eterno» decían las mujeres con sonrisa triunfal al ver las flores nuevas a la orilla de la carretera. Los hombres en cambio decían pesimistas «a ver cuánto le dura». Algunos curiosos esperaban temprano de la mañana a la mujer, que se aparecía siempre puntual a las seis de la mañana.

Poco a poco la amargura se fue suavizando, y un mes exacto después de empezar con las flores diarias la mujer falló a la cita, para decepción de sus seguidores. Al siguiente día, sin embargo, las flores ahí estaban, y las mujeres respiraron aliviadas cuando pasaron frente a la calle. Este suceso no se volvió a repetir, hasta que después de tres meses de amor eterno, las flores cesaron. La gente coincidía en que esas flores diarias recordaban el romanticismo perdido entre la rutina y el hastío de la agobiante vida moderna. Así que cuando ya no llegaron más, la gente las extrañó como se extrañan los buenos amores pasados. Sin embargo, el amor eterno reapareció fugazmente por tres días al cumplirse los seis meses, con todo y las lágrimas amargas de los primeros días. La gente entonces volvió a sonreír al pasar por esa calle.

La última aparición del amor eterno fue cuando se cumplió un año. Nuevamente apareció la acongojada mujer, que entre sollozos colocó la ofrenda floral del amor eterno. Se persignó y rezó algunas oraciones, y luego se marchó del brazo de un tipo de bigote, que llevaba botas vaqueras, un cigarro encendido en la mano y una pistola al cinto.


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